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Semana Negra, Gijón 2016
Espacio de la Memoria
   » En la Semana Negra, del 8 y 17 de julio
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Semana Negra 2016. Espacio de la Memoria
Semana Negra 2016
Espacio de la Memoria, en la Feria del libro, del 8 al 17 de julio
 
[11 de julio, 21:15, Carpa del Encuentro, debate]
Aniversario de la Asamblea de Barcelona

[16 de julio, 21:00, Carpa del Encuentro, presentación libro]
La amnesia de los cómplices, de Gerardo Iglesias

[17 de julio, 20:00, Carpa del Encuentro, presentación libro]
1934 El cielo por asalto, de Adrian Gutié­rrez

 
PRENSA
 
» "En la Asamblea de Barcelona no éramos conscientes de lo que estábamos haciendo, sólo sabíamos que era algo muy importante a la fuerza"
ccooasturias.es, 12.07.2016
» Claveles y Pasionarias
A Quemarropa, 12.07.2016
» Cuando Comisiones se hizo visible
La Nueva España, 10.07.2016
» Un sueño que fue posible a partir de 1976
La Nueva España, 10.07.2016
» El director de AQ recomienda
A Quemarropa, 09.07.2016


 
"En la Asamblea de Barcelona no éramos conscientes de lo que estábamos haciendo, sólo sabíamos que era algo muy importante a la fuerza"
ccooasturias.es, 12 de julio de 2016

Para conmemorar el 40 aniversario de la asamblea de Barcelona, ayer lunes 11 de julio, en la Semana Negra de Gijón, CCOO de Asturias, por medio de su Fundación Juan Muñiz Zapico, organizó una charla en la que intervinieron su presidente, Francisco Prado Alberdi, que estuvo presente en ese momento histórico de Barcelona, "en el que no se tomó ninguna decisión, pero sabíamos lo que teníamos que hacer", y el historiador Rubén Vega.

Aniversario de la Asamblea de Barcelona. CC OO

Lo reconoció el propio Alberdi, la decisión de transformarnos de un movimiento sociopolítico a un sindicato “la hicimos con mala conciencia, no había sido posible la ansiada unidad sindical”. De este modo, prosiguió en su explicación, “estábamos acostumbrados a representar a todos los trabajadores y trabajadoras, y teníamos que afiliar, pero no había ni modelo ni ficha”. Sin embargo, “sí sabíamos que estábamos construyendo un sindicato, la Asamblea de Barcelona fue el origen de la Confederación Sindical de CCOO”.

En palabras del propio Alberdi, “ese día de hace cuarenta años, el 11 de julio de 1976, en la clandestinidad, con miedo a ser detenidos, en la Asamblea de Barcelona no éramos conscientes de lo que estábamos haciendo, sólo sabíamos que era algo muy importante a la fuerza”. El presidente de la Fundación Juan Muñiz Zapico destacó al final de su intervención que en esos momentos, “las personas que formaron lo que hoy es CCOO, éramos todos muy jóvenes”.

Tal y como resaltó Rubén Vega, “la Asamblea de Barcelona fue el momento decisivo para la transformación en un sindicato”. Así, tal y como afirmó el historiador, “en la dictadura y tras la muerte de Franco, hace cuarenta años, comisiones obreras era un movimiento sociopolítico, no tenía afiliados ni cotizantes, sino gente que participaba y arriesgaba”. De este modo, “la sensación en la asamblea era de que se llegaba tarde; mientras otras organizaciones podían celebrar sus congresos, CCOO tenía que reunirse en la clandestinidad y constituirse rápidamente como sindicato”.

Para concluir Rubén Vega explicó, que “las personas de las comisiones obreras no estaban acostumbradas a funcionar como una organización con órganos de dirección. CCOO era un movimiento sociopolítico que fue parte fundamental para la llegada de las libertades. Gracias a las luchas obreras, a miles de personas anónimas, no fue posible la transición de un franquismo sin Franco”.

 



 

 
Claveles y Pasionarias
A Quemarropa, 12 de julio de 2016

«No quería buscar la historia diplomática e institucional de los Gobiernos, sino la de los tres millones de portugueses que participaron en comisiones obreras, huelgas, protestas y manifestaciones en un país que fue una asamblea permanente durante 19 meses, el período más democrático de la historia de mi país». Así explicó ayer la historiadora portuguesa Raquel Varela en la Carpa del Encuentro el proyecto al que ha consagrado sus esfuerzos en los últimos años: historiar el papel del pueblo en la Revolución de los claveles. Varela hizo, como segunda ponente del ciclo de charlas Aula SN, acompañada por Francisco Erice, un vibrante resumen de su trabajo para una audiencia numerosa y entregada.

El fresco pintado por Varela de aquella revolución fue uno muy diferente del habitual de un mero golpe de Estado incruento llevado a cabo por un pequeño grupo de militares. La historiadora contó algunas historias fascinantes e ilustrativas, como la de las empresas colectivizadas por los obreros, que determinaban salarios y lucros en asamblea; la de los centenares de teatros construidos por iniciativa de las mujeres en los barrios pobres o la de que muchas de las líneas de autobús urbano de la Lisboa actual se crearon en aquellos años por iniciativa de los habitantes de esos mismos barrios pobres, que asaltaban los autobuses que se dirigían a otros lugares y convencían a sus conductores de dirigirse a los suburbios sin transporte público.

Aquélla fue una revolución hermosa, incruenta y festiva, y Varela contó ayer que, cuando se documenta en archivos fotográficos con imágenes de la época, sólo encuentra en esas instantáneas a gente sonriendo. También mencionó, para ilustrar qué clase de revolución fue aquélla, que el fotógrafo español Sebastián Delgado «visitó Portugal en 1973 y dijo a su vuelta: “qué país tan triste, la gente no sonríe, anda siempre con la cabeza baja”. Volvió en 1975 con su mujer y dijo: “qué alegría se respira, nunca he visto un país donde tanta gente sonría”». También explicó Varela que «las últimas páginas de cualquier periódico en 1975 estaban copadas por una lista de asambleas y plenarios; la gente lo votaba todo colectivamente».

A juicio de Varela, la insurrección portuguesa demuestra que «hubo momentos de nuestro pasado, escasos pero mucho más comunes de lo que nos quieren hacer pensar, en que hicimos de la vida una fiesta colectiva, y en que la gente pobre transformó la sociedad y se transformó con ella».

No fue la Revolución portuguesa el único hito de la izquierda ibérica en los años setenta tratado ayer en la Carpa del Encuentro, cuyo programa se cerró ayer con un debate sobre el aniversario de la Asamblea de Barcelona, celebrada el 11 de julio de 1976 e histórica por ser aquélla en la que Comisiones Obreras adoptó la forma de sindicato al uso dejando atrás la que había tenido hasta entonces: un movimiento sociopolítico asambleario sin burocracias, afiliación ni cuotas, que aspiraba a reunir en su seno y representar a toda la clase obrera en su conjunto. Lo hizo forzado por las circunstancias, imposible como era ya la unidad sindical en un único movimiento de clase después del resurgimiento de UGT gracias al millonario aporte de dinero alemán y a la permisividad del régimen franquista, que transigía con la celebración de los mítines y asambleas del sindicato socialista mientras reprimía los de Comisiones.

Tal como recordó el veterano sindicalista mierense Francisco Prado Alberdi, participante en aquella asamblea y ponente ayer de la charla junto con Rubén Vega en la Carpa del Encuentro, «llevamos a cabo el cambio a la fuerza y con mala conciencia». Un cambio improvisado y que llevaba aparejado situaciones desagradables para los que lo sufrían: el propio Alberdi, cuando fue elegido secretario general de Comisiones Obreras en Gijón, «no entendía que tuviera que tener un despacho, una mesa y una silla con una puerta para cerrarse y reunirse con gente, porque eso era burocracia y no tenía nada que ver con el sindicalismo de subirse en un bidón y hacer asambleas que había hecho hasta entonces». Alberdi recordó cómo tuvieron que improvisar desde la forma de afiliación hasta el propio modelo de sindicato, algo para lo que, a diferencia de UGT, que creció con la ayuda de asesores alemanes que importaron y enseñaron a los ugetistas el modelo de allá, no tenían un ejemplo al que imitar. Esa improvisación, recordó Alberdi, redundó en «errores garrafales» como un número excesivo de ramas, llegando a fundarse un sindicato de panaderos.

Alberdi recordó varias anécdotas de la asamblea, celebrada en una iglesia barcelonesa en pleno verano y con un calor sofocante; y recordó también la asamblea de Roces, celebrada en Gijón por los miembros asturianos del sindicato unos días antes de la de Barcelona, a fin de preparar ésta, y que terminó con la policía desalojando la iglesia de Roces en la que se celebraba y algunos asistentes llegando a saltar por la ventana de la sacristía para huir de las fuerzas del orden.

Hizo también Alberdi la reflexión de que todos los participantes en ella eran muy jóvenes, en torno a los treinta años, algo que a su juicio constrasta viva y negativamente con el hecho de que «hoy las direcciones sindicales son bastante viejas».

 



 

 
Cuando Comisiones se hizo visible
La Nueva España, 10 de julio de 2016

40.° aniversario de la asamblea sindical de Barcelona.
Se cumplen este mes cuatro décadas del nacimiento de CC OO como un sindicato de clase y de la reunión clandestina preparatoria en la iglesia de Roces

J. M. Ceinos

Juanín habla en la asamblea de Barcelona, entre Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius; de pie, a la izquierda, en el extremo de la imagen, aparece Gerardo Iglesias. [Foto: Fundación Juan Muñiz Zapico]
Juanín habla en la asamblea de Barcelona, entre Marcelino Camacho y Nicolás Sartorius; de pie, a la izquierda, en el extremo de la imagen, aparece Gerardo Iglesias. [Foto: Fundación Juan Muñiz Zapico]

El 2 de julio de 1976 fue viernes y lució el sol en Gijón, en los comienzos del verano de hace cuarenta años. La Comisaría de Policía estaba entonces en la calle de Cabrales, en el edificio de la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana, y el cuartel de la Policía Armada muy cerca, frente al paseo de Begoña, en uno de los edificios que ahora alberga la Escuela de Hostelería y Turismo. El general Franco había muerto, tras una larga agonía, el 20 de noviembre de 1975, y en julio de hace cuarenta años no estaban permitidos los sindicatos llamados de clase.

Al día siguiente, sábado 3 de julio, en la página 13 de LA NUEVA ESPANA, debajo de la cartelera de cines, a dos columnas se publicó (con un escueto titular que decía "Disuelta una asamblea"), la siguiente noticia: "Se celebró en Gijón; en la tarde de ayer, una asamblea de las ilegales Comisiones Obreras de Asturias, con asistencia de varios cientos de personas procedentes de distintos lugares de la región asturiana. Durante la reunión se informó sobre el desarrollo de la asamblea nacional y a continuación, según una nota enviada a los medios informativos, se procedió a la elección de 30 delegados de Asturias, a propuesta de las diferentes ramas de la producción. Pasados los primeros momentos de la asamblea y cuando se había procedido a la designación de delegados se presentó la Policía Armada, quien comunicó que por orden gubernativa se debía desalojar el local. Ratificados los delegados por los asistentes, éstos abandonaron en orden y pacíficamente el lugar de la reunión".

Es conocido que los orígenes de las Comisiones Obreras están en Mina La Camocha, concretamente como consecuencia de una huelga convocada en enero de 1957. Los mineros eligieron una comisión obrera de tres trabajadores para que negociase con la empresa. Formaron dicha comisión el comunista Casimiro Bayón González, Pedro Galache (sin adscripción política) y Gerardo Tenreiro (un picador falangista). No hubo católicos ni "socialistas de corazón".

No sería hasta 1964, dos años después de las grandes huelgas en la cuenca minera asturiana y en otras partes de España, cuando puede decirse que las Comisiones Obreras inician su andadura como movimiento organizado que decide luchar contra la dictadura franquista desde las entrañas del sindicalismo vertical.

Muerto el general Franco y con los cimientos del régimen surgido de la Guerra Civil agrietándose por la "aluminosis de la historia", la clandestina coordinadora general de las Comisiones Obreras decidió celebrar una asamblea nacional, en Madrid, a finales de junio de 1976, con el propósito de salir a la luz de la opinión pública y tras ver que la UGT había celebrado su congreso con los parabienes de la autoridad. Por contra, las autoridades prohibieron la asamblea de Comisiones, que había sido solicitada oficialmente, por lo que la dirección de la coordinadora tomó la decisión de organizar la asamblea clandestinamente, en Barcelona, el día 11 de julio.

Previamente, en todas las regiones debían celebrarse asambleas para designar a los delegados territoriales que acudirían a la de la Ciudad Condal. En Asturias, se decidió convocar la asamblea regional el 2 de julio, por la tarde, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Covadonga de Roces.

En la coordinadora clandestina de las Comisiones Obreras de Asturias figuraban entonces Gerardo Iglesias Argüelles, Luis Felipe Capellín, Francisco Fernández Corte, Juan Muñiz (Juanín), Manuel Nevado, Francisco Prado Alberdi, Carlos Ponte y Francisco Javier Suárez. Y en Gijón había una figura carismática: Luis Redondo, quien con el paso de los años abandonaría las Comisiones Obreras para fundar la Corriente Sindical de Izquierda.

Luis Felipe Capellín Corrada comenzó a militar en las Comisiones Obreras clandestinas el 2 de mayo de 1974 por mediación, precisamente, de Luis Redondo, cuando, afirma, "no había una verdadera estructura orgánica" en el sindicato en Gijón. Su embrión, recuerda, salió de una reunión "que hicimos al aire libre, en un 'prao' de Carreño, en septiembre de 1974".

Testigo, en primera persona, de la asamblea de Gijón del 2 de julio y de la de Barcelona del 11 de julio de 1976, el siguiente relato de lo ocurrido se debe a los recuerdos de Luis Felipe Capellín.

El veterano sindicalista considera que un hecho muy importante hay que buscarlo en el mes de diciembre de 1975, cuando salen de la cárcel los últimos presos del denominado Proceso 1.001, que eran Nicolás Sartorius, Marcelino Camacho y Juanín.

A partir de ese momento y con la entrada de nuevos elementos en las Comisiones Obreras "con otra visión", se decide, explica Capellín, "forzar la legalidad y decir que nosotros somos de Comisiones y que tenemos que decirlo en todas partes".

Otro hito importante, rememora Capellín, fue que por aquellos años, en los astilleros de Gijón había prestamismo laboral, y "un abogado laboralista muy importante entonces en Asturias, Luis Fernández Ardavín, hoy magistrado, se plantea toda una cuestión jurídica para acabar con el prestamismo. Fue él quien preparó el juicio, aunque quienes se llevaron los honores, por hacer del conflicto una cuestión de ámbito nacional, fueron Felipe González y Cristina Almeida. Quien trajo a Felipe González fue José Luis Rodríguez Vigil, que sería presidente del Gobierno de Asturias, y a Cristina Almeida la gente del Partido Comunista".

Considera Luis Felipe Capellín que el año 1976 es el "punto de inflexión de lo que será Comisiones Obreras". El y Manuel Nevado eran los delegados de Asturias que formaban parte de la coordinadora clandestina nacional, en la que "se plantea, con buen criterio, que hay que transformar las comisiones en un sindicato".

Se propone, entonces, a Julián Ariza que elabore unos principios de estatutos y "lo que se plantea es copiar a los sindicatos europeos". Las reuniones de la coordinadora clandestina, en las que participaba como abogada la actual alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, se hacían en el despacho laboralista de la madrileña calle de Atocha, donde, en enero de 1977, pistoleros de la extrema derecha asesinaron a cinco personas e hirieron a cuatro más.

Para determinar la fuerza de afiliación que podrían tener las Comisiones Obreras ya como sindicato, se utilizó el número de bonos que se habían vendido, cada uno a 25 pesetas, para financiar a la organización. "No era una afiliación, pero nos sirvió para calcular la gente que se podría afiliar al sindicato", subraya Luis Felipe Capellín.

La asamblea regional de Asturias se hizo en Roces "por el cura", rememora Capellín, quien pone en valor "el papel importantísimo de los curas en la historia del movimiento obrero en Asturias, sin ellos hubiera sido todo mucho más difícil".

Y llegó el 2 de julio, a media tarde. "Más o menos, cuando llegamos, estaba todo consensuado. En la iglesia había cientos de personas apiñadas como sardinas en lata, una cosa tremenda —recuerda Luis Felipe Capellín—. La asamblea empezó bien, con la coordinadora clandestina al frente, pero al llegar a la elección de los delegados el Partido Comunista vetó a Luis Redondo".

Problemas dentro del PC, con una corriente interna crítica con la dirección, había supuesto la caída en desgracia de Luis Redondo. "Yo tomé la palabra y me opuse. Luis Redondo, en Gijón, era un líder obrero muy respetado y se había ganado a pulso el asistir, como delegado, a la asamblea de Barcelona. Entonces, los miembros de la coordinadora entramos en la sacristía para discutir el asunto. Me puse 'borde' y, al final, se decidió que Luis fuera delegado".

Por las ventanas de la iglesia y a la carrera

Todavía dentro de la sacristía es cuando avisan que la Policía Armada estaba rodeando la iglesia. En esos momentos, afirma Capellín, "unos cuantos escapamos por las ventanas. Empecé a correr pero, al poco, me paré y pensé que en la iglesia quedaban cientos de personas. Me di la vuelta y volví a entrar por la ventana en la sacristía. Lo mismo hizo Gerardo Iglesias y entre nosotros no habíamos hablado. Juanín no escapó, se quedó en la sacristía".

Otra vez en la sacristía "abrimos la puerta que daba a la iglesia Gerardo Iglesias, Juanín y yo. La Policía Armada estaba fuera, en la puerta, con policías de paisano y gente de los Guerrilleros de Cristo Rey. Nos despedimos y recuerdo que Juanín nos dijo que nos separáramos en distintos grupos. Salí con otros treinta o cuarenta y esa noche no dormí en casa", relata Luis Felipe Capellín.

El 11 de julio (domingo) estaba convocada la asamblea de Barcelona y la asistencia de 650 delegados de toda España. Los treinta por Asturias no viajaron juntos. Gerardo Iglesias y Luis Felipe Capellín, que entonces tenía 24 años, viajaron en avión a la Ciudad Condal.

"En Barcelona yo tenía una buena amiga y fuimos a dormir a su casa. Era sábado y Gerardo y yo, después de 'picar' algo, llegamos a la plaza Real, y el espectáculo era formidable: julio, calor, la plaza llena de chavalas, gente cantando y tocando la guitarra. Entonces le dije a Gerardo: 'Esta noche triunfamos'. Nos sentamos encima de un banco y empezamos a cantar 'Santa Bárbara bendita' e, inmediatamente, toda la gente pegada anosotros. Todo de maravilla, pero, de pronto, entró en la plaza un grupo numeroso de marineros americanos y la gente empezó a gritar contra los yanquis. Un tío les lanzó una botella y se armó una batalla campal. Yo quería que nos quedásemos, pero Gerardo me empujó diciendo que lo importante era la asamblea del día siguiente y que estábamos a lo que estábamos, y eso que él y yo ya habíamos medio ligado".

Al ser una reunión clandestina, la mayoría de los delegados no conocían el lugar en el que se celebraría la asamblea. A eso de las ocho de la mañana Luis Felipe Capellín y Juanín se subieron al Metro y fueron a una de las estaciones del extrarradio de la ciudad, "una estación en superficie", donde José Luis López Bulla, apodado "El Gordo", le reveló a Juanín el lugar de la clandestina reunión sindical.

De vuelta, Juanín le reveló a Capellín que la asamblea se celebraría un par de horas después en el salón de actos de la iglesia de Sant Medir. "Yo había quedado con otro delegado de Asturias, que no sabía en principio quién era, para indicarle el lugar. Fui en autobús al sitio de la cita y allí veo, tumbado en el suelo y tomando el sol, a lo 'hippie', a Triki (Emilio Huerta)".

La asamblea comenzó hacia las diez de la mañana y duró todo el día bajo la presidencia de Marcelino Camacho, "aunque el hombre clave era Nicolás Sartorius, el cerebro gris", opina Luis Felipe Capellín.

No hubo incidentes policiales, aunque sí "una bronca terrible con los que fueron a la asamblea no para crear el sindicato Comisiones Obreras, sino para crear ellos su propio sindicato, como Jerónimo Lorente, que era cartero", subraya Capellín.

Y así, de la iglesia de Sant Medir salieron las Comisiones Obreras como "un sindicato de clase, unitario, sociopolítico e internacionalista". No obstante, el camino hasta la legalización y normalización sería largo.

Otro hito a destacar en esta historia, en opinión de Luis Felipe Capellín, fue que "a los pocos días de la asamblea de Barcelona el Partido Comunista celebró su Comité Central en Roma, en el que deciden también hacerse visibles".

De vuelta en Asturias, la dirección aún clandestina de las Comisiones Obreras da un paso al frente para hacer "visible" el sindicato y convoca el 12 de septiembre de 1976, a las doce del mediodía, un gran mitin en el campo de fútbol de El Entrego, anunciado en carteles en los que aparecen las fotos y los nombres y apellidos de todos (menos uno) los miembros del núcleo dirigente de las Comisiones Obreras de Asturias. El mitin no se pudo celebrar y muchos aún recuerdan la contundencia empleada por las Fuerzas del Orden Público para impedirlo.

A principios de enero de 1977 falleció, en un accidente de tráfico, Juan Muñiz Zapico (Juanín). En la Semana Santa del mismo año el Gobierno de España, presidido por Adolfo Suárez, legaliza al Partido Comunista y al poco tiempo, en una asamblea que se celebró en la Casa Sindical de Gijón, Gerardo Iglesias Argüelles es elegido secretario general de las Comisiones Obreras de Asturias.

 



 

 
Un sueño que fue posible a partir de 1976
La Nueva España, 10 de julio de 2016

La realidad nos situó ante la imposibilidad de conseguir la unidad sindical

Francisco Prado Alberdi, Presidente de la Fundación Juan Muñiz Zapico

En el final de la dictadura, las Comisiones Obreras se desarrollaron con la intención de llegar algún día a la celebración de un congreso sindical constituyente que fuera el origen de un sindicato unitario, capaz de integrar al conjunto de los trabajadores, independientemente de su ideología o pensamiento.

El hecho de que durante la dictadura los sindicatos históricos tradicionales (UGT y CNT) hubieran prácticamente desaparecido y que la hegemonía de las Comisiones Obreras fuera indiscutible, nos hacía pensar que la idea de un sindicato unitario y plural, donde tuvieran cabida todos los trabajadores, era posible.

Ese deseo, ese sueño, comenzó a manifestarse como imposible en el año 1976. A pesar de los reiterados llamamientos a la unidad hechos por Comisiones, la UGT resurgía de sus cenizas y con el apoyo moral y material de los movimientos internacionales afines al socialismo y con el indirecto de los poderes económicos y políticos herederos del franquismo, temerosos de la hegemonía de CC OO, comenzaron a organizarse y afiliar a sus simpatizantes. La realidad nos situó ante la imposibilidad de conseguir la unidad sindical y ante el debate de si no debíamos nosotros mismos transformamos en un sindicato.

El debate no era ni mucho menos sencillo: si lo hacíamos, ¿qué pasaría con los no afiliados?, ¿cómo los organizaríamos?, ¿qué participación les daríamos? Si nos trasformábamos en un sindicato, ¿qué tipo de sindicato seriamos?, ¿qué tipo de organización adoptaríamos? Aunque pudiera parecer evidente que ante la imposibilidad de conseguir la unidad sindical solo nos quedaba el camino de ser una organización sindical, nueva y diferente pero sindicato al fin y al cabo, a pesar de la terquedad de los hechos el debate dentro de Comisiones era muy vivo, existían diferentes posiciones que, en aquella época de "la pasión política", se defendían con ardor y contundencia verbal.

La decisión debía tomarse en una asamblea en Barcelona el día 11 de julio. La asamblea iba a ser aún clandestina, mientras que a la UGT se le había autorizado la celebración de su congreso por todo lo alto en un hotel de Madrid a CC OO se le había prohibido la reunión. Debíamos realizar debates previos en todas las zonas y culminar con una asamblea regional, en la que se aprobarían las correspondientes resoluciones y se elegirían los representantes de Asturias.

La asamblea asturiana la realizamos el día 2 de julio en la iglesia de Roces, en Gijón. Todo estaba organizado con la cautela que exigía la clandestinidad, pero algo falló: no habíamos caído en la cuenta de que en Roces, además de la iglesia parroquial, había una capilla regentada por un cura que nada tenía que ver con el "cómplice" párroco. Algunas delegaciones se perdieron y terminaron llamando a la puerta de dicha capilla, lo que llevó al "mosqueo" del cura, que acabó llamando a la policía.

Ajenos a esta situación celebramos los debates hasta que, justo en el momento en que procedíamos a la elección de los delegados, el cura que nos había facilitado el local apareció en la puerta para indicamos que la iglesia estaba rodeada por la policía. Una ojeada al exterior nos convenció totalmente: estábamos cercados por la policía. Comenzaron las negociaciones y gracias a la intervención del arzobispo de Oviedo, Díaz Merchán (siempre me pregunté qué hubiera ocurrido de tratarse de un obispo que no fuera Don Gabino...) ante el Gobernador Civil se consiguió que, a cambio de nuestro desalojo pacífico y voluntario, no hubiera ninguna detención.

Así acabó la asamblea de Roces: con los participantes abandonando la iglesia a través de un pasillo formado por policías armados con metralletas. El día 11 de julio de hace 40 años se celebró la asamblea de Barcelona, en la que decidimos transformarnos en lo que hoy es la Confederación Sindical de Comisiones Obreras. Pero esto ya es parte de una historia más conocida.

 



 

 
El director de AQ recomienda
A Quemarropa, 9 de julio de 2016

No sé a ustedes, pero a mí la parte que más me gusta de la Semana Negra es la Feria del Libro. Entiéndanme: disfruto muchísimo de las charlas y conferencias, me gustan los chorizos criollos como a un tonto un lápiz y no soy muy de atracciones de feria, pero me encanta la noria. Subir, bajar, subir, bajar: montarse en la noria es montarse en la vida. Y oigan, por qué escoger. En ninguna parte está escrito que no se pueda leer a Platón montado en una noria o comiendo churros. De hecho, seguramente se entienda mejor a Platón montado en una noria o comiendo churros. Pero si me pusieran una pistola en la cabeza y me gritaran: «Yo, motherfucker, desembucha cuál es tu parte preferida de la Semana Negra», les diría: la Feria del Libro; adentrarme en esas pequeñas jaimas de Alejandría en busca de tesoros librescos en los cuales gastarme los dineros que no tengo. Ayer me compré ya tres, y eso sólo en una librería: la de la Fundación Juan Muñiz Zapico, consagrada aquí en Asturias al nobilísimo propósito de reivindicar la memoria de los comunistas —eran sólo comunistas— que durante cuatro décadas, de 1937 a 1977, se dejaron el pellejo para acabar con la tiranía franquista.

Me compré una biografía de Horacio Fernández Inguanzo, otra de Juanín Muñiz Zapico —qué portento de luchador, de cuadro revolucionario, perdió Asturias con él cuando se mató en el puerto de Pajares en 1977— y el libro que acaba de sacar Luismi Piñera sobre el Día de la Cultura, la mítica romería laica que, organizada por sociedades culturales vinculadas al PCE, se celebró cada año en la carbayera de Los Maizales desde 1972 y hasta 1984, y educó en la democracia y el socialismo a toda una generación de gijoneses mientras los hacía pasárselo bien. En el Día de la Cultura había puestos de comida, charlas y conciertos. Quizás les suene de algo el formato.

Hay una anécdota del Día de la Cultura que me encanta particularmente. Fue en 1974. Aquel año vino a dar un concierto José Afonso, autor de la canción que, sólo unos meses antes, había sido, al pasarse en Rádio Renascença a medianoche, la consigna convenida para iniciar la revolución más hermosa del siglo XX, aquélla en la que los militares habían acabado con la dictadura más longeva de Europa llevando en las bocas de sus fusiles claveles rojos regalados por las floristeras de la Praça do Comerço. Cuando, en Gijón, Afonso comenzó a cantar aquellos versos («Grândola, vila morena,/ terra de fraternidade,/ o povo é quem mais ordena/ dentro de ti, ó cidade»), el nutrido público enloqueció, abrazándose unos a otros y arrancando a cantar a voz en grito con el trovador portugués. Y la policía se puso nerviosa. El régimen franquista en general estaba muy nervioso desde el 25 de abril: si la tiranía salazarista había caído de golpe, sin dispararse un tiro y sin que nadie se lo esperase porque la oposición democrática era o al menos parecía muy pequeña en Portugal, qué no le podría pasar a la española, donde por aquel entonces había, literalmente, huelgas multitudinarias todos los días. Aquello no se podía permitir, y la policía cargó con dureza y desalojó la carbayera. Cuentan los que lo vivieron que la gente no dejaba de cantar que em cada esquina um amigo y que em cada rostro igualdade mientras era aporreada y empujada con saña por los esbirros de Franco. ¿Cabe imaginar escena más hermosa?

Ésa y otras historias recuerda el libro de Luismi Piñera, que por cierto se va a presentar en la Semana el próximo viernes.

Queda mucho para eso. Mucho que ver y que disfrutar en esta Semana de la Cultura. Véanlo. Disfrútenlo. Y compren muchos libros.