La vida de Juanín
El inquieto «Loroño»

La Frecha es un pequeño poblado a caballo entre el campo y la circulación, apenas treinta casucas asomadas a la carretera general de Oviedo a León, entre Campomanes y Puente de los Fierros. Allí, a la salida, en la última casa del pueblo, nació Juan Marcos Muñiz Zapico hace ahora treinta y cinco años. Era el 25 de abril de 1941. Allí vivió Juanín hasta poco después de casarse, allí están sus hijos Yolanda y Marcos, y allí le llevaron desnucado una aciaga tarde de enero de 1977, tras el accidente de automóvil que le costó la vida. Un hombre que había nacido y crecido asomado a la carretera, moría en ella el primer domingo del año, cuando el cielo encapotado de la represión ya empezaba a despejarse y lucían los primeros rayos de una libertad ganada a pulso de lucha, despidos y cárcel.

Cuando Juanín viene al mundo, ni la época -los años 40-, ni el entorno social -clase obrera-, ni la familia -escasos recursos- pueden ofrecerle mucho, pero sí que le ponen en contacto desde el primer momento con una realidad: la penuria y el esfuerzo de los trabajadores, realidad a la que posteriormente irá dándole contenido hasta llegar a su integración en el mundo laboral en el que, como trabajador, exige sus derechos y lucha por conseguirlos.

Sobre estos primeros años de su vida, en junio de 1963, se decía en «La Chispa», órgano ya desaparecido de las Comisiones Obreras de la Cuenca del Caudal: «A pesar de ser hijo único de un matrimonio de obreros (minero y cocinera), intuye en su casa las dificultades y penurias de los trabajadores. Gracias al esfuerzo de sus padres, es criado con la atención, el calor y la generosidad que los obreros ponen en la educación de sus hijos, siempre que pueden.»

Tras su muerte, Ángeles, su madre, comentaría: «Hicimos lo imposible para que no le faltara de nada. A pesar de nuestros apuros económicos, le dimos lo mejor que teníamos, sin escatimar ningún esfuerzo. Eso es lo único que me tranquiliza.» Y recuerda las comidas que, como buena cocinera, le preparaba, el primer traje, aquella bicicleta que le compraron cuando trabajaba en Mieres -32 kilómetros diarios al pedal, soñando con «Loroño», que le quedó como apodo-, en fin, toda la atención de unos padres para con un hijo que pasó de la niñez al trabajo, del campo al taller, del balón al soplete casi sin darse cuenta.

Tras una infancia inquieta, pronto canaliza sus ímpetus hacia el deporte -su afición por el fútbol y el ciclismo era inagotable- lo que no impide que se rompa un brazo por montar en bicicleta y otro por subir a un caballo, amén de las energías vitales desatadas, que su madre recuerda y que el hijo de Juanín ha heredado. Más tarde siente inclinación por el estudio, y en la escuela de La Frecha pronto destaca por su inteligencia. «Fue el mejor alumno que pasó por mis aulas», diría años más tarde su maestro. Allí se inició su pasión por la lectura. Estos tres aspectos -deporte, inteligencia y lectura- unidos a su carácter afable y abierto, y su pronto despertar a la problemática socio-laboral, lo convertirían en las cárceles de Jaén, Segovia y Carabanchel en el hombre-bisagra que unía y charlaba con todos de todo, en el hombre-motor que comunicaba optimismo y generaba simpatía.

Sus cualidades humanas aparecieron en él a edad muy temprana. «Siempre fue muy desprendido -cuenta su madre-. Cuando era pequeño, si tenía una peseta en el bolsillo y veía que alguien la necesitaba, se la daba sin dudar y se quedaba sin nada.» Esta generosidad de Juanín se mostraba en todos los órdenes; así, por ejemplo, era raro el día en que, a la hora de comer, no se presentaba en casa con algún primo o amigo, a pesar de que sus padres contaban con pocos recursos económicos.

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