La vida de Juanín
«Caciples», entre rejas

A últimos de diciembre de 1968 Juanín llega a las cárcel de Jaén donde, a la sazón, los presos políticos se encuentran en huelga de hambre como protesta por las condiciones en que se les mantiene. Participa en la segunda huelga que se realiza más tarde por el mismo motivo, y es recluido, al igual que sus compañeros, en una celda de castigo en la que, según su propia confesión, llovía dentro. A raíz de esta acción, se encierran en la catedral de Oviedo diecisiete mujeres durante siete días en apoyo de sus familiares presos.

En Jaén propone iniciar una serie de charlas entre todos los compañeros de Comisiones Obreras allí encarcelados, para estudiar los planteamientos e intercambiar experiencias.

En agosto de 1969 es trasladado a la prisión de Segovia y allí comparte la celda con Espina, enlace sindical de La Camocha. »Recuerdo -dice este último- que Juanín siempre esperaba a que me durmiese leyéndome la «Historia del Movimiento Obrero Andaluz.»

Todas las mañanas, tras levantarse, hacía gimnasia y luego, en el tiempo libre, dedicaba dos horas al estudio, fundamentalmente de temas relacionados con la economía. «Caciples», como cariñosamente le apodaban por su buen apetito, se hace popular entre todos por su claridad de ideas, su carácter afable, su optimismo innato y su afición a los deportes.

Tras salir de la cárcel, en junio de 1970 -año en que ingresa en el Comité Regional de Partido Comunista-, deja a su hija en La Frecha, con sus padres, y se traslada a Gijón con su mujer. Allí, Genita, como se la conoce cariñosamente, que a los catorce años comenzó a trabajar como sirviente, se ve obligada a practicar el pluriempleo: por las mañanas friega dos pisos y una academia y por las tardes trabaja en la consulta de un dentista. Por su parte, Juanín, que durante estos dos años de cárcel ha madurado sus ideas, se lanza de lleno a la labor de Comisiones Obreras. Entra a trabajar en una subcontrata de Constructora Gijonesa como eventual, aunque nuevamente es despedido por participar en una Comisión Obrera que discutió con la dirección una tabla reivindicativa elaborada en asamblea.

Al continuar vinculado a la lucha, figura en las listas de la patronal y de la policía, encontrando grandes dificultades para conseguir un puesto fijo. Es admitido en una subcontrata del Dique-Duro Felguera, destacando por su capacidad y laboriosidad que le valen el ser nombrado jefe de equipo. Finalmente, y ante las presiones de la policía, es despedido de nuevo. «Estamos muy contentos con su trabajo -le había dicho un directivo de la empresa- pero la policía nos presiona más que si fuese usted el Che Guevara, para que le echemos.» En otra ocasión. La empresa de dio un traje de agua para que se protegiese de la lluvia, pero lo rechazó porque no quería privilegios: «O lo hay para todos, o yo no lo quiero», afirmó entonces.

Posteriormente, trabaja en varias empresas de subcontratas, así como en Astilleros Nervión, de donde fue despedido, tras un plante colectivo reivindicando la semana laboral de cuarenta y cuatro horas.

La mayoría de las reuniones de Comisiones Obreras se celebran en su casa, que contaba con la ventaja de que, en caso de apuro, permitía la huida por la terraza. Por entonces, todas las precauciones eran pocas, y a veces se producían curiosos equívocos, como en el caso de Nevado, líder de la minería, a quien Juanín, la primera vez que le vio, le confundió con un policía y echó a correr.

Con tanta reunión, Juanín apenas si tiene tiempo para dedicar a su familia, que en mayo de 1971 se ve aumentada con el nacimiento de Marcos. Juanín, primero por razones de seguridad, y luego por no añadir más preocupaciones a su familia, era poco comunicativo en su casa. La actividad sindical y política llenaba su vida y le absorbía de tal manera que se olvidaba de todo lo demás.

Lógicamente, no era perfecto. Negar que tenía «puntos flacos», además de significar una ridícula distorsión de la realidad, sería ocultar parte de su personalidad. Juanín sentía incapaz de sujetarse a cualquier estructura rígida. No era un hombre metódico, sino más bien desordenado, nervioso e impaciente, a pesar de su aparente calma. Dominaba en él la espontaneidad y la improvisación, que contrarrestaba a base de intuición y observación. Todo ello, si bien en cierto modo repercutía negativamente en su eficacia, también contribuía a resaltar su humanidad, su sencillez y su cordialidad, con las que conseguía ganarse la simpatía y amistad de todos, por encima de ideologías y partidos.

Pero dejemos aparte las reflexiones y sigamos con el corto relato de su vida. Habíamos dejado a Juanín entusiasmado con el nacimiento de su hijo Marcos. Entonces reina la felicidad en aquel primer piso de la calle Aguado, 36, al que un año más tarde llegarán negras noticias de cárcel.

En abril de 1972, sale al extranjero, en esta ocasión a la Unión Soviética. Allí visita los Sindicatos y se entrevista con varios líderes. Más tarde comentaría su impresión: «Me preocupa el papel de su movimiento sindical. Hace falta que surjan más ideas desde la base; que haya una mayor conexión entre la masa de trabajadores y el Ejecutivo. De existir esa conexión -aunque mis elementos de juicio son muy escasos- posiblemente si viviese allí adoptaría una actitud contestataria, porque estaría preocupado por desarrollar la pureza de las ideas del marxismo.»

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