La vida de Juanín
El adiós de 20.000 personas

En la casina paterna de La Frecha no hay consuelo para una madre que llama a gritos al hijo único que yace ensangrentado en la sala contigua. Sólo después de una semana acertará a derramar las lágrimas que aún hoy, tres meses más tarde, se le escapan cuando alguien va a visitarla. Allí, en la pequeña salita-comedor donde charló con los periodistas tras dejar Carabanchel, donde abrazó a sus hijos y trazó los planes de su libertad recién nacida, se instaló su cuerpo en ataúd aquella noche de domingo en que casi nadie sabía lo ocurrido o se resistía a creerlo. A muchos la prensa del día siguiente les dio un vuelco al corazón: «Murió Juanín», decía a seis columnas la «Hoja del Lunes» de Oviedo.

El día anterior al entierro desfilaron ininterrumpidamente ante el cadáver amigos y camaradas de Juanín, incluidos sus compañeros del Secretariado General de Comisiones Obreras, desplazado en pleno desde Madrid, delegaciones de Comisiones Obreras de Madrid, Cataluña, Euskadi, Andalucía, Galicia, Valencia, Santander y Ponferrada.

Por su parte, los mineros acordaron con la dirección de HUNOSA el cambio de turno para poder asistir al entierro.

Cuando el martes, a las cuatro y media de la tarde, el ataúd con la bandera de Comisiones Obreras, tres claveles rojos y la insignia del Partido Comunista, fue sacado a hombros del domicilio por miembros del Secretariado Regional de CC.OO., las inmediaciones y toda la nueva carretera, aún no abierta al tráfico, estaba ocupada a lo largo de dos kilómetros por unas 20.000 personas que desde distintos puntos de Asturias y otros lugares habían acudido en autobuses, coches particulares y en tren a dar el último adiós a Juanín.

Ciento setenta y cinco coronas y cien ramos de flores llevados por compañeros y amigos formaron el cortejo que, presidido por miembros del Secretariado Regional y General de CC.OO. y de los Comités Regional y Central del Partido Comunista (PCE), recorrió, en medio de un impresionante silencio, el pasillo dejado por los miles de personas que al paso del féretro saludaban puño en alto.

A mitad del trayecto se detuvo la comitiva, y por medio de un megáfono, Gerardo Iglesias, Marcelino Camacho, Armando López Salinas y Horacio Fernández Inguanzo tuvieron palabras de emocionado recuerdo para Juan Muñiz Zapico, cuyo nombre, según había acordado esa misma mañana el Secretariado de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras reunido en Mieres, llevaría la futura Escuela Central Sindical que iba a dirigir Juanín en Madrid.

Asimismo, Tini Areces leyó sendos telegramas de condolencia y solidaridad de Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri, a los que se sumaron más de cuatrocientos, entre ellos los enviados por los sindicatos soviéticos, yugoslavos, portugueses, franceses y de Alemania Democrática.

Posteriormente, se turnaron en el traslado del féretro miembros del Comité Central del PCE, compañeros del «Proceso 1.001», integrantes de la dirección del PCE en Asturias, del Secretariado General de CC.OO, de Coordinación Democrática de Asturias y de diversos clubs culturales, así como trabajadores de la empresa Talleres Aguinaco, de Mieres.

Cuando, finalmente, en el pequeño cementerio de Herías, Juanín, eterno enamorado de Asturias, reposó en su tierra, a la vera del Pajares, en el aire de una tarde fría, limpia y clara como pocas, quedó el puño, el saludo, el adiós hecho canto de «La Internacional».

<< anterior índice siguiente >>