Prolegómenos para un viaje

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Contemplando la figura de bronce tuve la impresión de que el arte no les importaba. Antes de comprarla hice algunas reflexiones sobre lo triste de desprenderse de estos objetos cuando lo lógico es guardarlos para que sean expuestos en algún museo nacional. En esos momentos cruzó por mi cabeza la idea de que ellos no se sentían nación en el sentido que nosotros le damos, ni se sienten inclinados a valorar lo que nosotros valoramos, y que mi lógica no era su lógica. Pathé es wolof y Dabo mandingo. No obstante su despreocupación por este asunto quise lavar mi culpa insistiendo en que, si algún día se creaba un museo, aquella figurita que representaba a una reina diola volvería a Senegal.

Dabo había estudiado filología española y Pathé había ido aprendiendo, con los turistas, un castellano bastante aceptable. Noté que Dabo sentía celos de Pathé cuando éste le enseñó el libro que acababa de regalarle. Me lo dejarás leer, dijo, mirándome primero para desviar luego sus ojos de los míos.

En la isla de Gorée visité la casa de los esclavos que mostraba cuatro fotografías desvaídas, un par de jarros abollados y unos grilletes roñosos que habrían abrazado los pies de numerosos negros. También tuve la impresión de que ellos sentían la historia de distinta forma a como la sentía yo.

En todos los sentimientos que me abordaban del trato con Dabo y Pathé había una diferencia sustancial a los vividos con Vítor.

Antes de volver a España, en una de las conversaciones más largas que mantuve con Pathé, le pedí que hiciera averiguaciones sobre Vítor. Pathé me aseguró que conocía bien el sur de Senegal y que tenía amigos que podrían dar con él en Guinea en el caso de que aún viviera. Vítor y yo ya éramos ancianos para la atenta mirada de Pathé.

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Con estos recuerdos de mi pasada visita a Senegal, me preparaba ahora para hacer el viaje en busca de Vítor. Con estos recuerdos y con la certidumbre de que debía de haberlo hecho al menos una década antes, cuando aún el cuerpo respondía. Las mermas de la edad me hacen concebir temores ante situaciones imaginarias que podrían presentarse, pero el temor no llega a anular el aburrimiento en que he caído por la inactividad de los últimos meses, quizás porque ya se han cruzado las líneas de los años vividos y la asunción de que la vida, por fortuna, no es eterna. Iba del sillón italiano tapizado en piel del salón a la silla anatómica de ruedas del despacho, siempre con un libro en las manos y casi siempre aburrido de las lecturas, haciendo esfuerzos por retomar alguna con el placer que lo hacía sólo unos años atrás. A veces, ya entrando la madrugada, dejaba el libro sobre la mesita junto a las gafas y pulsaba el mando de la televisión en un desesperado esfuerzo por entretenerme. Tosía un conocido periodista y lo achacaba a un resfriado mientras otro conocido hombre de ciencia sonreía seguro de sí, como si cabalgara a lomos de un pura sangre, afirmando que él nunca había fumado. Seguro que se morirá sano, pensé, y súbitamente me sentí solidario del periodista, que gracias a su conocimiento del medio lograba no aparecer ridículo cuando sin mostrarlo a las cámaras le acercaban los micrófonos de ambiente para que recogieran con mayor claridad sus accesos de tos. Tomé una pipa de entre las que se encontraban sobre la mesita, pensando en la exigua cantidad de tabaco que me fumaría al lado de las seis mil sustancias que agregaban las compañías tabaqueras. Desconecté la televisión para entregarme al rito de la preparación, algo que aquel científico nunca llegaría a degustar sino a través de su razón.

Clareaba el día cuando alcancé como conclusión que el convencimiento y aceptación de que la vida no es eterna me aportaba la fuerza para emprender el viaje, mientras la necesaria ilusión se fraguaba en una extraña mezcla por encontrar al amigo y saber de su reacción ante la presencia del pasado. Los sentimientos estaban recubiertos por una película de años de ausencia y su olvido no podría afectarme. Noté cómo se establecía una relación entre la posibilidad de este viaje y mis reacciones ante la lectura. Era como volver a empezar de la nada; en la medida en que ciertos autores y autoras al uso no conseguían mi interés, se abrían los caminos hacia otros que sin llegar a traspasarme, ofertaban el abismo del conocimiento, a veces haciéndome comer de una informe sopa de letras que precisaba de una búsqueda lenta. Y era esta investigación paulatina en ese zambullirme en las papillas de su elitista pensamiento, lo que me arrastraba, precisamente ahora que el tiempo, casi con seguridad, no constituía mi mayor caudal.

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Si tuviera que referir, influido por las recientes imágenes, algún recuerdo de cuando el tiempo no tenía fin, me vería obligado a subir a una de las torres termiteras de la Sagrada Familia, donde casi tocando el cielo con los dedos, sabiéndome por encima de una naturaleza privilegiada y en perfecta comunión con la soledad, pude despacharme un enorme tabaco de Cuba. El viento se colaba por aquel extraordinario tubo, al que me había encaramado sin grandes dificultades después de asistir al entrenamiento de un partido de baloncesto a los pies de la catedral, y burlando la supuesta vigilancia de unos obreros que andaban a su tajo entre los andamios, y que luego, desde la altura, se habían convertido en pequeñas hormigas que venían a integrar el mundo de caracoles, tortugas y otros fieros animales que constituían el basamento de tan inmenso órgano. Seguramente en este mundo de repetitivas pautas éste hecho absurdo venía a constituir mi singularidad, porque me había proporcionado un instante de éxtasis sin tener conocimiento alguno de arquitectura.

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En el transcurrir de los días, mientras esperaba una llamada de Pathé en que me informara de la evolución de la búsqueda, desapareció mi pesar por la compra. Había navegado por Internet hasta encontrar otra reina de bronce que como la que en casa se apoyaba en un bafle del equipo de música, mantenía una vasija en cada mano -más bien parecían dos pequeñas calabazas desecadas- levantándolas por encima de su cabeza con la misma devoción que el sacerdote alza el cáliz; dos hombres pequeños sujetaban sus brazos a la altura del codo a guisa de monaguillos ayudantes. También se sentaba con las piernas cruzadas, pero su asiento estaba sustentado por la cabeza de otro hombrecillo, a diferencia de la mía cuyo asiento se sustentaba sobre la testa de tres hombres que sólo mostraban medio cuerpo, como si las piernas y el bajo vientre estuvieran enterrados. Me fijé en que cruzaba sus largas piernas al contrario de la que yo compré, que descansaba la pierna derecha sobre la izquierda. Había en los dos bronces elementos importantes que los diferenciaban, pero ambos mostraban un cuerpo de proporciones perfectas, salvo quizás por el ombligo demasiado prominente. Tenían las dos figuras gran cantidad de detalles dignos de atención, o de un estudio más profundo para los entendidos: su nariz aguileña, las extensiones de su pelo que caían por la cara y llegaban a fundirse con los pechos enhiestos, los tatuajes de su rostro, brazos, abdomen y espalda... La mala conciencia por su compra desapareció al comprobar que quien ofertaba su venta a través de aquella página web, a un precio más barato que el que yo pagara, era una organización religiosa de Occidente.

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Entiendo que un bafle no es el pedestal apropiado para una reina pero es el lugar que elegí nada más sacarla de su envoltorio al regreso de Senegal, porque así puedo contemplarla desde el sofá y gozar con ella las ofrendas de la música. Por detrás, colgados en la pared, hay algunos cuadros: óleos, acrílicos y grabados de distintas técnicas. Ahora el conjunto parece haber ganado en importancia al recorrer varios siglos y diferentes culturas en el camino del arte.

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Al hablar con Pathé y Dabo en el cenador del hotel casi me vi en la obligación de decirles que yo era algo más que español, o algo menos; o sea que decirles tan sólo eso empobrecía la conversación. Pero qué más podía añadir ¿que era castellano? Sentí que cuanto más redujera la búsqueda más me metería en un pozo sin fondo cuando lo que de verdad creía es que ni siquiera ser europeo tenía importancia. Pero estas lucubraciones internas podrían hacer incomprensibles nuestras palabras. Al menos era lo que yo pensaba en aquellos momentos en que conseguía que me hablaran de sí mismos. Dabo, pausado y reflexivo, mostraba el blanco de sus ojos manchado de rojo, y supe por Pathé que pertenecía al partido de la Unión Progresista creado por Léopold Sédar Senghor (luego PSS) que había gobernado durante muchos años. Él se decía seguidor del actual presidente Me Abdoulaye Wade, un venerable anciano en quien tenía puestas muchas esperanzas.

Pude observar que cuando Dabo entraba en el hotel se dirigía a los camareros y a los recepcionistas con la seguridad de que nadie pondría en cuestión su presencia en ese lugar para extranjeros. Pathé por el contrario tenía el estigma de los humildes: le faltaba aplomo, pero me gustaba el respeto que mostraba por los mayores.

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Para hablar de Vítor es preciso retroceder un cuarto de siglo hasta situarnos en el campus de la escuela Stefan Gheorghiu de Bucarest, donde habíamos llegado jóvenes de distintos países para seguir sus cursos de sindicalismo, pero también es necesario un gran esfuerzo por mi parte, porque una cosa es que te asalte un recuerdo y otra someterte a una escandalosa búsqueda a través de la memoria. Decididamente no me encuentro hoy en condiciones de rebuscar en el pasado, es más, creo que el pasado cuando ha perdido continuidad es un absurdo, o dicho de otra forma, cuando la idea que nos animaba por cambiar el mundo ha naufragado. Y sin embargo comprendo que los días vividos con él en Rumanía son imprescindibles para dar sentido al viaje que pretendo.

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En algún momento de la noche decidí que si llevaba la reina diola frente a un espejo, la imagen reflejada podía mostrar que su pierna izquierda descansaba sobre la derecha, y entonces la fotografía que mostraba aquella página web simplemente estaba equivocada. La transporté con cuidado, casi con mimo, diciéndome que sólo las cosas sagradas merecen ser tocadas. Así era.

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Fue Pathé quien me contó que los diola no llegaban a integrarse, que suponían un problema para Senegal. Ocupaban la parte sur del país, la Casamance, se mostraban ariscos con el gobierno y reclamaban mejores condiciones. Si al fin encontraba a Vítor y yo quería emprender el viaje, él me guiaría a través de su territorio. En alguna fotografía había visto a un diola trepado en una palmera, como yo me encaramaba al termitero de la Sagrada Familia cuando era joven, de la que extraía el jugo que vertía en una pequeña calabaza; un jugo dulce decía el pie de foto. También cruzaríamos el río Gambia.

Debe de ser la edad la que me debilita y esta obligación de leer entre líneas que te impone la publicidad moderna. Puedo entender la idea de independencia de una etnia con territorio e idioma propio, pero queda muy lejos de mi concepción en este mundo dependiente. Aunque saber de la existencia del Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance, organización armada separatista, no me crea temor alguno, no dejan de asustarme un poco otras lecturas en las que se afirma la presencia de bandas armadas de delincuentes que asaltan los caminos.

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Los días de enero pasados en Senegal no me aportaron conocimiento alguno sobre este país. En realidad estuve recluido en Saly, un complejo turístico, y salvo una excursión con Pathé a Dakar y la isla de Gorée, el tiempo transcurrió en sus soleadas playas. Tuve poco trato con la gente y siempre amparado por el sentimiento nativo de molestar lo justo y con una sonrisa en la boca; no sería bueno matar a la pérfida gallina de los huevos de oro. Así, fui un pérfido turista que gozaba de su tranquilidad, las más de las horas en su propia cabaña, y que asistía sin demasiado interés al arrastre desde tierra, por dos cuadrillas de muchachos, de las redes de pesca lanzadas a doscientos o trescientos metros por las canoas coloreadas, sin una saloma que unificara e hiciera más dulce el quehacer. También observaba sin sobresaltos los blancos pechos ávidos de sol de mis congéneres francesas en sus paseos a derecha e izquierda de las palmeras. Sólo una tarde, yendo de camino al pequeño súper para comprar provisiones de güisqui, me sentí atraído por el olor a morralla, suave y adormecedor al principio, y avancé hasta el poblado de pescadores. La escena que presencié se me quedó grabada: una mujer alemana, encaprichada por la camisa de una nativa, ofertó lo suficiente para que la muchacha se despojara de ella allí mismo; las demás mujeres apenas sí prestaban atención entretenidas en golpear con fuerza los caracoles de mar para extraer las especias con que adobar la comida. Aquella noche soñé con olas y la percusión del tambor no dejó de latir en mis sienes, como si hubiera una fiesta cercana, pero creo que fue debido a la cantidad de alcohol tomado.

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Quiero suponer que los recuerdos de Vítor llegarán poco a poco, pero me indignaría si los que viniesen no fueran sino los referidos a deseos antiguos como sucedáneo de lo vivido.

"...o mar é tão bravo
a canoa é tão pequena
não faz marola para canoa não virar..."

Hice este ensayo de viaje, este acercamiento al África negra, impulsado por la misma debilidad que a veces me lleva a leer un libro cualquiera, sintiéndome incapaz de oponer resistencia; por la misma profunda hondura que me lleva a aparearme de cuando en cuando; con la misma evanescente necesidad de beber que a veces me arrastra, es decir, como merodeando alrededor de la vida siempre esperando que se abra alguna puerta por la que merezca la pena internarse.

Paulo Sebastião sacó la carta más alta y a mí me eligieron para dar la cara porque era el único que podía pasar por rumano. No tenía más que bajar al hall del hotel y hablar con una de aquellas muchachas. El precio resultó ser de cincuenta dólares y de nada le sirvió a Paulo haber ganado porque entre él, Vítor, Damião, Leonardo y yo, no sumábamos más que treinta y nueve. Los gastamos en bebida para calmar la sed y pasamos la noche cantando.

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Para febrero, ya en casa, las noticias del sur de Senegal no son tranquilizadoras. Informan unos días después de mi regreso, que las revueltas del MFDC han dejado algunos muertos: tres soldados de Guinea Bissau han caído por enfrentamientos en la frontera. En abril otro titular: "Comienzan las inversiones para la posguerra en el sur de Senegal", y el artículo afirma que la conflictiva provincia de Casamance está recuperando lentamente la paz. En mi mente aburrida estas noticias se insertan como saltos al vacío del desconocimiento, pero claro, decido quedarme con la idea que despeja de peligros el camino que seguramente recorreré en busca de un hombre con el que conviví un mes hace más de veinticinco años. Entre una noticia buena y otra mala ¿quién escogería la mala?

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Mientras espero la llamada de Pathé trato de pensar como el hombre racional que fui en ciertas etapas de mi vida, como el hombre de la tele que no fuma, y es cuando me digo que al nuevo viaje que proyecto no debo de darle más importancia que a cualquier otro, es decir, que he de sumergirme en él como me zambullo en las sopas de letras de algunos libros, esperando, simplemente esperando, por si se abre alguna puerta. Veinticinco años pueden ser en muchos casos la mitad de una vida (más aún si ha sido vivida en un país poco desarrollado) y sólo un idealista puede mantener un recuerdo de una vivencia tan breve. Es verdad que él vertió alguna lágrima cuando nos abrazamos en el aeropuerto de Bucarest y que me dio su blusa tintada a mano (que aún guardo en un armario), pero es posible que obedeciera sólo a la sensiblería de nuestra joven edad, ahora somos, ante la atenta mirada de otros hombres, casi ancianos. No hay base, me digo con seriedad, para atribuir a Vítor después de tantos años, la posibilidad de querer encontrarse con el pasado. En la última carta que recibí decía: "...sobre a minha ida a Espanha, podes contar com ela, mas para 1979 ou 1980. Junto te envio dois livros de poesias dos jovens poetas da Guiné-Bissau. Na era colonial, tal não foi possivel...". Luego todo se derrumbó en el silencio. Durante algún tiempo anduve indagando sin encontrar respuestas y sólo de cuando en cuando llegaba el rumor de un golpe de estado en su pequeño país.

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Hoy no he podido resistirme cuando pasaba frente a la reina diola, a permanecer unos instantes ante ella.

 

Qué otra cosa podía hacer / más que contemplar / y miraba dos líneas perfectas / como el negativo de una estrella audaz/ Me adentraba / por el litoral de tus ojos negros / hacia qué sé yo qué mundo criollo / No me atrevía a rebasar / las marcadas olas de tus labios / porque intuía que habría de perderme / más abajo / dibujando el cuello / y quizás no supiera retornar de tu dorado cuerpo / Qué otra cosa podía hacer / que apartarme lentamente de tu mundo / y venir a dejar en unas líneas / lo que quiero retener por tanto tiempo.

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Antes de conocer a Vítor lo más cerca que había estado de un negro era la hucha del domund y algunas lecturas sobre países ignotos. No es de extrañar que descubriera algo nuevo con su cercanía y que su entrada en el salón de la Unión General de Sindicatos Rumanos me dirigiera a pensamientos prestados: Era, como diría Ganivet, de alta y bien formada talla; de color negro claro; de expresión altiva y perezosa. Podría añadir que su gesto altivo obedecía a la timidez, o la desconfianza, y que fue desapareciendo de su expresión cuando se sentó a nuestro lado y prestó oídos a nuestras conversaciones. Pero con seguridad lo que me sedujo de Vítor, Paulo, Damião y Leonardo, era la imagen de liberadores de sus pueblos que proyectaba mi imaginación. Tenía a mi lado auténticos guerrilleros del MPLA, FRELIMO y PAIGC que se habían levantado en armas contra los ejércitos coloniales portugueses, y esto encendía en mi interior todo el ardor que no había encontrado expresión más que en la lucha clandestina de octavillas y manifestaciones a salto de mata, frente a un dictador que acababa de morir en su cama, cuidado y entubado hasta las orejas. Podía decirse, sin temor a falsear la historia, que en España habíamos salido de una gripe de cuarenta años medicándonos con fármacos que, eso sí, habían generado la euforia de una noche festejada con champagne. Resultaba que los negritos de las huchas tenían voz para expresarse y manos y hombros con que embrazar los fusiles, y como decía Vítor, fueron capaces de establecer la táctica de dentro afuera cuando los coloniales esperaban la sublevación desde las fronteras hacia el interior; aunque el verdadero ataque que minaba el ejército colonial eran las deserciones de sus jóvenes que cruzaban España en un suspiro para instalarse un poco más allá.

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Al fin la espera se ha visto compensada: llamó Pathé (el "paté español" como le dicen sus amigos) para darme la buena nueva de que ha localizado a Vítor, que vive en Bissau (¡que vive!) y que, añade con un leve tono de alegre admiración, creo que fue ministro.

Por la noche lo celebro bebiendo un poco, hasta alcanzar ese punto donde la conciencia se mantiene relajada sin riesgo de ensueños fantasmagóricos y preguntándome que cómo puedo ser tan tonto. Que cómo he podido guardar el recuerdo de un amigo durante tantos años cuando él, ahora puedo pensarlo con cierta seguridad, arrumbó las vivencias de aquellos días.

Y no obstante voy a ir a buscarlo. Hace tiempo que me gusta comprobar las salidas de tono de la vida con mis propios ojos y con mis propios dedos desacralizar lo que otrora consagré. ¿Y si me encuentro con un hombre mayor que no reconoce al viejo de pelo blanco que se planta ante su puerta y le dice que lleva veinticuatro años esperando la visita prometida? Entonces daré media vuelta, subiré al coche que Pathé ha contratado para atravesar Senegal y Gambia y volveré por el mismo camino disfrutando del paisaje. Es la hora de saber si la distancia ha logrado preservar esta amistad. De ser así, si la falta de noticias es capaz de obrar tal milagro, tendré que preguntarme a cuántas otras amistades ha decepcionado mi presencia.

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Saly, a pesar de sus turistas, no difiere mucho en cuanto al conocimiento que sus habitantes tienen de sí mismos con cualquier pueblo de nuestro entorno. La temporada de los franceses termina en junio y entonces comienza la de los españoles, que suelen llegar entre julio y agosto. Pathé, aunque nacido en Dakar, recuerda su niñez en St. Louis donde llegó a hacerse un buen nadador practicando en el mar y en el río, y piensa ahora en ello mientras limpia el sudor de su cara con un pañuelo de papel, diciéndose que no nadaba por amor al deporte sino por huir del calor.

Cuando llega a la tienda de regalos de su amigo y saluda cortésmente a todos los presentes y estrecha sus manos y pregunta cómo se encuentran ellos y sus familias, acerca una banqueta a la sombra para pasar a integrarse en el grupo que bromea mientras observa el leve movimiento de gente por la plaza de los Cinco baobabs. Su amigo también gestiona el Maxin´s, un restaurante en la playa, que tiene alquilado a un extranjero, y adonde él suele encaminar a los turistas que guía, bien para que coman o para que tomen una copa del cóctel especial que preparan en dos versiones, una con alcohol y otra como refresco.

Dejando que la conversación transcurra sin prisas, se hace un hueco entre los silencios para preguntar si alguien ha visto a Darame. No, aún no lo han visto, pero pronto aparecerá en su motocicleta. Entonces Pathé se extiende en explicaciones de porqué necesita ver a Darame. Está indagando sobre un hombre llamado Vítor Sousa de Guinea Bissau porque un amigo suyo español lo perdió hace muchos años y quiere encontrarlo, quiere saber cómo se encuentra de salud, cómo está su familia, si se casó, si tiene hijos. El grupo ha prestado atención a su relato y concluyen que es una historia bonita. Pathé vuelve a secar el sudor de su rostro. Si lo encuentra viajará hasta Guinea Bissau acompañando al español, y aunque mantiene una pequeña duda de que el tubap haga un viaje tan largo sólo para reunirse con su amigo, razona que esto forma parte de su trabajo de guía, y más aún, empieza a pensar que también a él le parece una historia bonita por la que vale la pena poner empeño en las averiguaciones. De su experiencia con los turistas españoles sueña con escribir un día un libro; en él hablará de la mujer gallega, siempre acompañada por su madre, con la que ha de visitar en cada viaje la isla de los pájaros, donde se pasa las horas observando las aves; de su amiga de Zaragoza, que siempre quiere ir al hotel La Medina y compra muchas tallas en madera y vestidos gran bubú, con cuyas compras comercia luego en su país. También sabe de dos hermanos maricas, uno de ellos juez, personas muy importantes, pero ellos no son clientes suyos, los conoce porque aquí, en Saly, no es como en Dakar, aquí se sabe todo de los extranjeros. Hay otros hombres malos de los que no le apetece escribir. Vuelve a limpiar el sudor de su cara, la motocicleta de Darame sube por una de las callejas de la playa, despacio para no levantar la arena.

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-¿Señor Tomás?
-Sí.
-Soy Pathé, de Senegal, ¿cómo está?
-Muy bien, ¿y tú?
-Muy bien.
-¿Y tu señora?
-Muy bien.
-¿Y tu hija?
-Ella está feliz. Verá señor, le llamo porque he encontrado a su amigo de Guinea.
-¿De verdad?
-Sí, él vive en Bissau, en la capital, y creo... creo que fue ministro.
-Qué alegría, entonces tendré que preparar el viaje.
-¿Cuándo viene?
-Déjame unos días para arreglar un asunto y sacar el pasaje. Dentro de una semana te llamo y me dices cuánto me costará.
-Yo iré contratando un coche con aire acondicionado.
-¿Cuántos días puede durar el viaje?
-Pues la primera noche la pasamos en Dakar, para salir temprano al día siguiente hasta Ziguinchor, allí dormimos la segunda noche y la tercera ya estamos en Bissau, ¿cuántos días quiere estar con su amigo?
-Pon tres noches en Bissau.
-Entonces en siete noches.
-Bien, yo iré para diez días; en una semana te llamo y me das el presupuesto.
-De acuerdo señor.
-Oye Pathé, no me llames señor, soy Tomás.
-Es por mi trabajo... de acuerdo señor Tomás.
-Un abrazo.
-Espero en mi móvil... un abrazo.