Cruzando el río Gambia

1

A mí se me hacen difíciles los cálculos en los cambios de moneda si no estoy ante un papel y un lápiz, pero podría asegurar, por encima, que este viaje le costará al tubap unas veinte veces más que la dote que yo pagué por Fatú.

Anoche, nada más entrar en la habitación del hotel Oceanic, quiso liquidar lo acordado. Quedamos en partirlo en dos mitades, la primera me la entregó en ese momento y la otra lo hará cuando volvamos de Guinea. Así el español se desentiende de cualquier pago referente a Ada o al vehículo. Es justo. Pero fue entonces cuando empezó a rondarme por la cabeza esa comparación entre la dote por Fatú y el dinero que este hombre paga por buscar a un amigo. Por eso le pregunté.

Ahora ya sé que se conocieron casualmente, haciendo unos cursos subvencionados por el gobierno de Rumania, por lo que deben de ser personas muy cultas. Él volvió a repetirme que lo llamara por su nombre, que no le gustaba que lo tratara de usted. Luego nos sentamos al borde de la cama, cada uno en la nuestra, de tal forma que quedábamos frente a frente, y dijo que la amistad es un sentimiento que está por encima de las personas, que se siente o no se siente al margen de la cercanía, pues la cercanía unas veces ayuda a que se mantenga y otras brinda la posibilidad de descubrir un gesto que la rompe. En este caso, continuó, creo que la lejanía ha agrandado mi amistad por Vítor, o sea, que lo ha convertido en una ilusión. Tengo el presentimiento de que cuando vuelva a verle todo será diferente.

Como lo vi triste, le dije para darle ánimo, que no, que él no conoce a los africanos, que un africano no olvida a sus amigos, y que lo que puede haber pasado es que si ha sido un hombre importante, un ministro como creía recordar Darame, habrá tenido que trabajar mucho. Él entonces sonrió y me contestó: por eso mismo, Pathé, por eso mismo.

Luego se tumbó en la cama, boca arriba, y siguió hablando de una joven de Panamá y lo bien que lo pasaban los tres juntos cuando paseaban en la noche por aquella ciudad de Europa llena de edificios altos, de piedra y ladrillo, y terminados en redondas cúpulas que apuntaban hacia la luna con sus lanzas pararrayos.

A la mañana siguiente quise que usara la ducha antes que yo, y le pedí que bajara al comedor para desayunar mientras decía mis oraciones. Cuando bajé al comedor aún no había tomado nada, sólo se entretenía probando un refresco de bissap.

Tramitamos su visado con la facilidad que yo había previsto y rápidamente nos pusimos camino del Sur.

El propósito de Ada es llegar al río Gambia antes de que haya salido el último ferry.

2

El terreno es llano y la carretera está en buenas condiciones; se trabaja en ella. Ada se precipita a gran velocidad, de tal forma que de vez en cuando los tres botamos en nuestros asientos. Con Ada aún no he cambiado más palabras que los saludos rutinarios, cuando nos presentó Pathé y al despedirnos anoche y encontrarnos nuevamente esta mañana. Él no habla castellano y yo no conozco más que unas cuantas frases de wolof, lo que hace de Pathé el hombre puente, el hombre imprescindible si quisiéramos comunicarnos.

En la ciudad de Kaolack hemos parado a comer y Ada, tras dejarnos en un pequeño restaurante, ha vuelto a desaparecer. Esto me inquieta. Supongo que buscará un fonducho para él. No digo nada pues es Pathé quien dirige el viaje, pero siento un pequeño remordimiento al pensar que es demasiado estricto en el cumplimiento de los deseos que le indiqué por teléfono, cuando aún no sabía quiénes integraríamos la excursión. Además Ada es un joven prudente cuya presencia resulta agradable.

Al dar uno de los botes, quizá porque iba concentrado en la soledad de Ada, mi exclamación ha salido natural, redonda:

-¡Nanga, nanga!

Ambos se han mirado y han soltado una carcajada. Ada ha asentido repitiendo "Nanga, nanga" y ha disminuido ligeramente la velocidad. Pathé lo justifica diciendo que pretenden alcanzar lo más pronto posible el río; una vez cruzado ya no habrá prisas.

No sé explicarme cómo, pero intuyo que Pathé le está contando que me enseñó algunas palabras cuando nos conocimos en mi anterior viaje. Espero callado el desarrollo de su charla hasta que al fin se vuelve para preguntarme si recuerdo cómo se cuenta en wolof.

-Claro -le digo- es muy fácil; una vez sabidos los cinco primeros números el resto es repetir y repetir.

Pathé se lo trasmite a Ada y los dos se quedan a la espera. Ada atento a la carretera y con el oído puesto en el asiento de atrás. Evidentemente no puedo escapar del examen.

-Benna, ñaar, ñepta, ñenta, llulop, llulop benna, llulop ñaar... y así sucesivamente.

-¿Cómo dirás diez? -pregunta Pathé satisfecho.

-Fucka, fucka ak benna...

-¿Y veinte?

-Ñaak fucka, ñaak fucka ak benna...

-Es un hombre sabio -dice Pathé dirigiéndose a Ada.

-Dile que he tenido un gran maestro, un gran me.

La conversación queda interrumpida por un gesto de Ada. Pathé fija sus ojos en la lejanía y se vuelve para decirme:

-Mira, ahí hay dos blanquitas.

Por mucho que me esfuerzo no alcanzo a ver más que dos puntos en la carretera; poco a poco se hacen más grandes y van tomando la forma de mujer. En efecto, cuando pasamos delante de ellas puedo observar a dos mujeres blancas en medio de aquella floresta.

-¿Qué hacen aquí? -Me invade la curiosidad.

-Son americanas. Vienen a aprender nuestras costumbres. Ellas sí saben nuestros idiomas, los estudian en su país, en las universidades.

-¿Son antropólogas de Estados Unidos?

-Sí, algo de eso deben de ser.

3

El sol calienta en el interior del todo terreno. Pathé ha intentado poner en marcha la refrigeración sin conseguirlo, y se lamenta dirigiendo hacia mí una disculpa. Ya le he dicho que no me molesta el calor, que mis huesos lo agradecen, aunque tengo la sensación de que no me cree. Él no deja de sudar y ha agotado los pañuelos de papel que Ada llevaba en el coche.

Al cabo de dos horas de camino el paisaje ha cambiado ligeramente. Sigue siendo la misma floresta plana con acacias, eucaliptos, mangos y palmeras (Pathé agrega a mi recuento los fotuputel y surrib), pero ahora los frutos de los mangos están más desarrollados que los que observé en la embajada, en Dakar, y los baobabs comienzan a lanzar sus ramas y a cubrirlas de hojas. Aunque falta poco la temporada de las lluvias aún no ha comenzado, pero todo indica que nos acercamos a una zona más húmeda. Hemos atravesado poblados de cabañas donde las cabras y los burros cruzan la carretera a su antojo. Las cabañas, construidas con "carambucos" de cemento que han sustituido a las de ramas y palmas de otra época o a las de paredes de adobe, y las torres repetidoras para los teléfonos móviles, llenan mis imaginaciones de zurcidos y parches.

Busco una postura cómoda, donde no me azote el aire de las ventanillas, y al poco entro en una dormición, una especie de tránsito espiritual en el que vienen a desfilar una y otra vez ante mí las dos blanquitas yanquis, de un blanco esmaltado, hasta que por fin acaba el mareante tiovivo y sentado en un pedrejón, que se va convirtiendo en una espira de hormigas, le digo a Vítor que me enseñe la lengua de su país. En mi país se habla el portugués y el crioulo -dice él poniéndose en pie y cubriéndose la cabeza con un casquete de lana-, pero hay más de diez lenguas y dialectos. ¿Con quiénes quieres comunicarte? ¿con los fulas?, ¿los cocolis?, ¿los diolas?, ¿felupes?, ¿baiotes?, ¿balantas?... -y a medida que habla tira del casquete con desesperación hasta cubrir su cara, mientras yo sigo subiendo al ritmo en que crece el termitero- ...¿bijagos? ¿mandingas? ¿manjacos? ¿papel?...

Me desperté sudoroso cuando su voz se apagaba tras el gorro de lana.

-Ya llegamos a Gambia. -Dijo Pathé.

4

Del paso por la douane apenas me habría dado cuenta si no fuera por el mal estado de la carretera. Desde que entramos en Gambia, Ada no tuvo más remedio que reducir al mínimo la velocidad. Ya no podía calcular a qué hora llegaríamos al río, pero estaba seguro de que alcanzaríamos al menos el último ferry.

-A la vuelta quisiera parar en un termitero -le digo a Pathé- y me gustaría, si es posible, visitar un poblado diola.

Pathé no contesta, pero ya conozco su gran capacidad para retener los gustos de sus clientes, por muy extraños o simples que a él le pudieran parecer. Puedo olvidarme de la solicitud en la seguridad de que se cumplirá.

Ada mientras tanto intenta sortear los baches saliendo unas veces del asfalto troceado y volviendo a él cuando se cierra el camino. Ahora el avance es lento, polvoriento y ajetreado; vamos de un lado a otro impulsados por los bruscos movimientos del coche. Por fortuna -pienso- Gambia es una franja estrecha partida a su vez por el río. Parar para cruzarlo en transbordador nos procurará un descanso.

Soy consciente de que este encuentro, deseado durante tanto tiempo, está muy cerca de hacerse realidad: sólo una noche nos separa de comenzar en Bissau la búsqueda de Vítor. Estoy nervioso. En estos años lo he imaginado de todas las formas posibles: lo he soñado -y esto no puedo comentarlo con Pathé pues quizá no me creyera- como ministro de cultura y luego aclamado por su pueblo como presidente; mas también lo he visto perseguido y recluido en cárceles horribles cuando llegaban hasta mí aquellas noticias sobre los golpes de estado. He esperado, con una emoción parecida a la que ahora me acompaña, en una sala de estar de un gran edificio, donde unos soldados del ejército de liberación convertidos en nobles ordenanzas, pasaban aviso de que un español que decía llamarse Tomás G. Hernández solicitaba entrevistarse con él; mas también lo he imaginado viviendo en una humilde choza con mujer e hijos sin rostro y arrinconado por sus antiguos camaradas. Estuve presente cuando entregó a su padre el regalo que le trajo de Bucarest: una pipa de raíz de brezo que compró en unos grandes almacenes y que ante sus dudas fui yo quien terminó eligiéndola. Pero sobre todo, he imaginado que nos sentábamos uno al lado del otro observando nuestras canas, nuestras arrugas, quejándonos de nuestros achaques, diciéndonos con detalle cómo habíamos desarrollado esa parte de la historia en la que creíamos, y recordando... recordando aquellos días plenos en que viajábamos de un lugar a otro bajo la atenta mirada de Nicolae Ceausescu.

Poco a poco un olor húmedo, cálido y cenagoso, se va haciendo más intenso; la vegetación se torna uniforme. Pathé señala la inmensa formación vegetal que nos rodea para agregar una nueva especie:

-¡Son mangles! -exclama.

La carretera, más lisa ahora, se interna por las tierras pantanosas y el coche va dejando atrás una fila larga de pesados camiones -uno no se explica cómo han llegado hasta aquí- aparcados a ambos lados, y a cuya sombra los hombres han tendido sus esterillas y dormitan en la espera de ser llamados para embarcar. También surgen orilla de la carretera pequeños tenderetes construidos con ramas y palmas donde se trapichea con todo tipo de artículos.

El río es hermoso, ancho y plácido. Hemos llegado hasta el lugar en que el camino se sumerge en sus aguas. Todo indica que estamos cerca del mar y que aquí se abrazan uno y otro. El mar ha de quedar a la derecha, por el Oeste, allá adonde se dirige el sol. En la otra orilla puede adivinarse el barco que sale lento, que viene a nuestro encuentro.

Pathé me invita a estirar las piernas y sonríe satisfecho. Hemos llegado a tiempo. Pronto habremos embarcado y seguiremos camino de Ziguinchor sin otros obstáculos.

El Gambia también puede atravesarse en canoa. Así lo hacen los más decididos que no quieren esperar la llegada del ferry. Una canoa larga, con capacidad para ocho o diez personas, y que tiene rotulado a estribor el nombre de Dolphin Creek. La Dolphin Creek y el Bac Gambia -así se llama el ferry- no llegan a cruzarse, siguen caminos distintos tal vez porque el pesado transbordador precisa de aguas más profundas.

5

Algo extraño me está pasando.

Aunque aún no llevo veinticuatro horas en el África negra ya me siento como en casa. Debe de ser porque Pathé y Ada, cada uno con sus diferentes sensibilidades, me lo hacen todo muy sencillo. Pero no, no es eso. Pudiera ser que encuentro cuanto me rodea dotado de un gran equilibrio; nada se sale de tono -salvo los "carambucos", las antenas para los móviles, y ahora, también las latas de aluminio de refrescos, prensadas por las ruedas de los coches, que he visto diseminadas en el embarcadero-. Una vez a bordo del Bac Gambia -Ada ha preferido quedarse sentado en el todo terreno- Pathé y yo hemos buscado un rincón, en este caso a proa, entre la borda y la aleta delantera de un coche destartalado. Yo estoy sentado en la borda y percibo cómo a Pathé le preocupa que pudiera caerme. Cada persona ha buscado un acomodo como mejor ha podido. Todo está en orden, en este orden sencillo y quizá incómodo que dicta la situación... Todo no.

Ha sido al darle un golpecito amistoso en el brazo, para alejar sus temores, cuando he tropezado con el dije. No es que no supiera que lo llevaba -cuando se pasa la noche en una habitación con otra persona termina uno sabiendo más cosas de las que se propone-, pero al tropezar con él sin pretenderlo y encontrar esa dureza inesperada, me he sobresaltado. Inmediatamente se ha encendido una luz como reflejo de mi sentimiento; se refiere a las dos monjitas de ojos color ceniza, que me dirigieron una maternal sonrisa religiosa cuando nos cruzamos; ellas bajaban del ferry alegres, animosas, bien dispuestas dentro de sus hábitos grises, y tras cada una iba un joven porteador cargado con una maleta de buenas dimensiones, cinchadas hasta arrancar michelines de la lona de sus tapas. Uno de los boys también llevaba un amuleto en el brazo con que sujetaba la pesada carga sobre su hombro.

El Bac Gambia se desliza por el río y es agradable a pesar de la brusca sinfonía de sus engranajes. No importaría el óxido de sus fauces si pudieran apagarse sus lamentos. Pathé sigue sudando y entonces le lanzo una pregunta inesperada.

-¿Qué tal salí de la prueba?

Se ha quedado verdaderamente sorprendido.

-¿De qué prueba?

¿Quién dice que no es buen momento para poner las relaciones en su sitio cuando se navega sin prisas por un ancho río?

-Que yo sepa de la única a la que me has sometido hasta ahora. De nuestro paso por el bar de copas.

Su risa franca es lo que siempre me desarma.

-Bien. Muy bien. Mejor que cualquier otro cliente de los que he tenido.

-¿Conocías a la chica de la boina?

-Sólo de haber ido un par de veces por allí; pero es verdad que estudia español.

Creo que es una buena ocasión, ahora que Ada no está presente, para plantearle los términos en que me gustaría continuar con el viaje.

-Verás, no me siento bien cuando Ada nos deja a la puerta de un restaurante y él se va solo. Creo que podré soportar un menú más.

Pathé abre un paquetito de pañuelos y extrae uno para secarse el sudor de la frente.

-Yo quería hablar de eso. Esta noche en Ziguinchor Ada tiene donde dormir; no hay problema. Pero mañana, cuando entremos en Guinea él no sabe adónde ir, no conoce a nadie ni conoce el país.

-Bueno, tú diriges el viaje. Plantéaselo. Ya buscaremos en Bissau un hotel barato.

-Sí.

-¡Ah, y otra cosa, Pathé! Tú no pareces africano. Aguantas muy mal el calor.

-¡Eso mismo me dice Fatú!

6

Miro el color de las aguas.

Olguita nos pregunta, en tanto cruzamos el Danubio, de qué color vemos sus aguas. Azul claro, dice Vítor; verde claro, digo yo. Aunque también ahora bromeamos porque ambos conocemos el mito de los enamorados. Ninguno hemos acertado con la respuesta que ella pretende; precisamente hoy que hemos tenido que esperarla treinta y cinco minutos mientras peinaba su pelo indómito para ponerse guapa.

-¡Es que ustedes no entienden nada! -nos grita.

-Es que son sólo las ocho de la mañana, y el misterio del color rosa está en que los enamorados se sientan a mirar el río cuando se pone el sol -contesto yo.

-Ese blanquito mexicano -refiriéndose a Mario que le hace la corte- que le platica al oído esas boberías y cuando estamos nosotros se hace el dormido, juega con ventaja -contesta Vítor.

-¡Olvídenme, caballeros!

Qué felices somos y cómo queremos a Olguita.

La noche anterior la pasamos en mi habitación bebiendo y cantando nuevas canciones que proponía Paulo:

"Granada, Granada,
será meu canção
meu enterro, meu enterro,
será a patrulha.
Eu quero, eu quero
morrer em Granada
com arma, com arma,
de fogo em as mãos".

Y decíamos el estribillo, una y otra vez, cambiando el nombre del país: Angola, Mozambique, Guinea, España, Panamá, Ecuador, México, Venezuela, Argentina, Colombia, Costa Rica, São Tomé... Y una y otra vez dábamos tragos hasta que venían a reñirnos y se acababa la fiesta.

El Bac Gambia repite con el ruido machacón de sus engranajes esta melodía guerrillera y la letra la pone el recuerdo.

Hoy el color de las aguas del río que atravesamos es azul claro con una pincelada verde en las orillas por el reflejo de los manglares.

Aún nos queda una noche para empezar la búsqueda; una noche y dos fronteras.

7

Tomás dice que su ilusión sería encontrar al amigo con las mismas ideas de entonces; que entiende que haya podido cambiar un poco en tantos años, pero que desea que no haya perdido aquella capacidad desbordante de sentir, de llorar y reír, de cantar, de burlarse de todo y de todos, de ironizar. Yo sigo dándole ánimo y le aseguro que así será, que tengo buenas referencias de él por medio de Darame, mi amigo de Saly, y además le digo que de momento sabemos que está vivo que es lo más importante. Él dice que una vez sabida esa noticia uno exige más, y se obstina en el pensamiento de que algunos de aquellos compañeros han perdido los ideales por el camino, y con los ideales se han dejado también la personalidad que los hacía únicos, sobre todo los que subieron mucho. Yo le digo que África es diferente. Aunque con las cosas que él dice empiezo a tener dudas.

No sé si hice bien en contarle lo de esos europeos que vuelven a Senegal en busca de niñas; primero hacen una visita más o menos cortés, a través de la agencia, incluso acompañados de sus esposas, y luego, la segunda vez que vienen lo hacen sin sus mujeres y van en busca de niñas, de jovencitas de diez o doce años, pero es que me pilló por sorpresa al preguntarme si le había sometido a un examen. Creo que no le gustó que se lo contara. Cambió la sonrisa de la cara por un gesto de rabia y me dijo que a él le gustan las mujeres maduras, las que visten gran bubú y enseñan sus hombros rollizos y redondos por el escote. Menos mal que no llegué a decirle que Ada y yo bromeamos con que podía ser marica. Tomás tiene facilidad para tirarme de la lengua.

8

Ada tiene los ojos pícaros del joven que ha llevado en su coche a muchos turistas, y aunque siempre parece concentrado en la carretera, goza de un oído fino y atento. Ahora escucha lo que Pathé le dice sin retirar la vista del camino. Sólo un segundo ha mirado por el espejo retrovisor y nos hemos encontrado. Por eso he sabido que Pathé le está contando nuestra conversación en el ferry.

Nos han parado a escasos quinientos metros del río. Creíamos que era una nueva douane y andábamos preparando el dinero cuando nos ha sorprendido un policía al preguntarnos si nos era posible llevar a una niña hasta su poblado. Explica que en coche es cerca, antes de llegar a la frontera, y nos queda de camino. Es una niña sonriente y tímida con uniforme de colegiala. Pathé bromea llamándola niña nómada, porque todos los días tiene que desplazarse muchos kilómetros desde casa a la escuela y volver. Debe de tener unos doce años. Once, responde ella, y luego, turbada ante el interrogatorio, informa que come en el colegio con los otros escolares.

Podría asegurar que por la mente de Pathé han pasado dos ideas: el deseo de ver un día a su niñita uniformada y el horror que siente por algunos europeos que viajan a África.

Yo por mi parte vuelvo a sentir los baches de la carretera y reparo en el contraste de su abandono y la atención que parece recibir esta criatura.

Pero qué puede pensar ella, la niña. Quizás odie tener que subir todos los días en el coche de un desconocido que la recoge a la entrada de su poblado y la deja en la puerta del colegio; alguien que cambia de rostro pero que siempre le hace las mismas preguntas: ¿cómo te llamas? ¿qué edad tienes? ¿te gustan los dulces? ¿quieres este tangal? Las personas, en general, son amables, por eso ella las sonríe a pesar de su timidez y luego les dice adiós agitando su mano.

Todavía estamos en Gambia.

Comienza a anochecer.

9

En la oscuridad de las arboledas y los chamizos dejamos a la niña nómada y traspasamos la douane, sin más trámite que enseñar los papeles del vehículo, para entrar de nuevo en tierras senegalesas, en la Casamance. La carretera vuelve a ser practicable y el haz de luz que proyecta el coche hace más duras las sombras a nuestros costados. Todo invita al recogimiento, a traspasar el mundo de la reflexión. A la irremediable comparación de los mundos.

He visto cómo Pathé me observa cuando tomo notas; ideas alteradas por el vaivén del coche y la mano, que en muchos casos sólo servirán para enardecer y enredar la imaginación y hacer que me esfuerce en los recuerdos, ya que según se dibujan las palabras se transforman en garabatos picudos. Pero es que aún no he tenido un descanso para escribir con letra caligráfica. Ambos nos observamos con la misma intensidad.

Estas notas vendrán a engrosar un día el libro de mis viajes de la edad madura, aquellos que me prometí frente a una parejita de estudiantes suizos, hijos de familias acomodadas, que andaban recorriendo el mundo -yo siempre he pensado en los suizos como un pueblo de gángsteres a quien nadie declarará una guerra porque quienes alcanzan el poder para declararlas guardan allí sus riquezas- aprovechando las vacaciones mientras terminaban sus carreras. De España irían a Islandia y les era necesario ahorrar cuanto podían, por eso no sentían vergüenza en pedir que se les invitara a un bocadillo y una cerveza; lo pedían desde la lógica de que el mundo estaba construido para atenderlos, y si alguien se negaba no pasaba nada, el mundo no se hundía y ellos no morirían de hambre. No tuve ningún reparo en invitarles y escuchar sus pretensiones.