La región de Casamance

1

Aunque Pathé es un guía cuidadoso y templado no ha podido evitar un pequeño respingo en su asiento. Ada ha disminuido la velocidad y conduce con cautela. Desde lejos puede verse un valladar en medio de la carretera. Pathé se vuelve hacia mí para transmitirme tranquilidad:

-Tranquilo, seguro que no es nada.

No puede imaginar hasta qué punto me encuentro tranquilo, en perfecto equilibrio con la noche africana sin que nada perturbe el curso de mis pensamientos.

Más cerca, a la luz de los faros, distinguimos a ambos lados las cabañas de un poblado, y el valladar se transforma en simples balizas colocadas transversalmente y a saltos en ambos sentidos de la carretera para que los vehículos disminuyan su velocidad. Balizas rústicas, troncos de árbol, para evitar accidentes. Ada conduce en zigzag.

-Este es territorio diola -dice Pathé más tranquilo- y antes podían verse hombres armados, pero ahora todo está bien, todo está en calma. El gobierno se está ocupando de sus necesidades. Ahora se sientan a la puerta de sus casas para que les dé el aire.

Sin saber porqué siento la necesidad de contarles mi encuentro en el aeropuerto de Las Palmas con Aliu Sitie Yata. Se lo digo con detalle, recreándome incluso en la debilidad de mi timidez que no me permitió acercarme a ella durante el vuelo. De pronto Pathé rompe en esa risa a la que ya voy acostumbrándome y traduce algo al wolof para que Ada, sin apartar la vista del camino, rompa también en risotadas. Bueno, pienso que no está mal que se rían con franqueza de un tubap tímido con las mujeres.

-Alium Sitie anciana reina diola. -Asegura Ada, que por primera vez se atreve a hablar en castellano, y lo hace despacio, balbuceando como un adulto pero con la resolución de un niño que sabe lo que quiere.

-Ella bromeó contigo. Nuestras mujeres tienen mucho sentido del humor. -Dice Pathé.

-Menos mal que sólo era una reina -les digo- ella no bromeaba y yo la había confundido con una diosa.

Pathé traduce mis palabras.

La charla ha hecho desaparecer los posibles temores a la noche y al territorio que atravesamos.

2

Ziguinchor, la capital de la región, enciende para nosotros sus luces y sus reflejos sobre el agua. Ada nos conduce hasta el hotel que Pathé ha elegido. Es la primera vez que se alojará en este hotel que siempre ha reservado para los turistas a los que acompaña. Es un hotel elegante y cómodo cuyo precio hacía que se buscara la vida en casa de algún amigo o de algún familiar; como Ada hará esta noche por última vez. También hoy, como en Dakar, Pathé ha vuelto a pensar que alquilar una habitación doble beneficiará mi economía. Lo agradezco. La habitación es muy amplia y tiene una hermosa cama de matrimonio.

Al ver la cama no puedo evitar dirigirme a Pathé como él suele hacerlo, con una gran risotada, para recordarle los momentos comprometidos que ha pasado en recepción, cuando al solicitar la habitación doble las tres muchachas que había tras el mostrador levantaron la vista para inspeccionarnos y él se ruborizó.

-Parece que las chicas de recepción han pensado cosas de nosotros...

Pathé vuelve a sonrojarse. Para entonces ya he probado la dureza del colchón y he localizado otra cama pequeña.

-No... Ellas están acostumbradas...

-Entonces, ¿por qué te ruborizas? Yo dormiré en ésta, me viene mejor para los huesos.

Primero me ducho yo y cuando salgo del baño lo llamo con un grito exagerado:

-¡Pathé, Pathé! ¡Mira lo que ha ocurrido! -Pathé preocupado se precipita dentro y le señalo los chorretones que el polvo recogido en el camino y el agua han dejado en las paredes de la bañera y los posos acumulados en el fondo- ¡Yo antes era buñul y ahora me he desteñido como un tubap! Ten cuidado no te pase lo mismo.

Luego, tras las duchas, apiadándome de sus calores, le propongo que pongamos el aire acondicionado mientras cenamos, para que se refresque la habitación.

Él pide pollo con muchas patatas. Yo tomo pescado.

-Nosotros estamos cansados de peces. A la vuelta visitaremos el puerto de M`Bour para que conozcas nuestro mercado y la llegada de los pescadores en sus canoas. Allí las mujeres son las que compran y venden. Es muy bonito. Mucho color. Se llena de gente. ¿No tienes máquina de fotos?

-No. Me gusta guardar imágenes en mi agenda.

-Ya sé que escribes mucho.

-Guardo recuerdos.

-Yo voy a escribir un libro.

Sólo hay otros dos comensales. Una tubap grande cuya voz se precipita alegre por el comedor, con un armonioso acento francés, de París, dice Pathé, y un joven buñul que la acompaña.

-Ellos -le digo indicándolos con la mirada- no habrán llamado la atención de las recepcionistas.

-No, ellos no. Eso es muy frecuente -contesta sonriendo.

Creo que en estas veinticuatro horas que llevamos juntos hemos hecho grandes avances.

-De los viajes con los turistas tendrás muchas cosas que contar en el libro.

-Sí, muchas.

-Espero que reserves algún párrafo para decir algo de mí.

-Sí. Contar el viaje de un hombre que va en busca de un amigo después de mucho tiempo es bonito. -Pathé se queda pensativo-. Yo lo hablé con Fatú y ella dice que es una historia bonita.

La risa de caracol, alegre y envolvente de la mujer francesa, se estira y se encoge por la sala, sube y baja por las patas de las mesas, se desliza por los manteles, retumba en las columnas de palmera y planea agradecida hasta posarse en el rostro de su acompañante.

-Esto también puede ser bonito -le digo.

-Claro. Esto está bonito algunas veces.

3

Después de la cena he llevado a Tomás a pasear por los alrededores del hotel. Es bueno caminar un poco después del viaje y para hacer la digestión. No me gusta alejarme mucho de esta zona por la noche. Hemos llegado hasta el mirador y le he señalado dónde está el mar. Él me ha contado que mi turbación ante las recepcionistas le recordaba su propia timidez y también la primera vez que vio a un negro quemado por el sol. Dice que estaban en las playas del mar Negro y que Paulo, otro amigo de Angola, tomó tanto sol que se quemó la espalda y los brazos. Que él creía que nuestra piel era más resistente y que le costó trabajo acostumbrar sus ojos a las quemaduras de Paulo cuando le daba pomada.

Luego volvimos al hotel y le dejé allí para tomar un taxi. Quería ver a Cherk.

4

Pareciera que estas conversaciones, antes o después, son inevitables entre los hombres, aunque en el caso de Pathé debo admitir que han surgido de forma natural.

Él menciona a Fatú con frecuencia y por las cosas que dice yo he dibujado en mi cabeza su imagen. Él la cuida y la rodea de bienestar. Son de la misma sangre, dice, y yo interpreto que también es wolof; no, no, quiero decir que es familia, es hija de una tía que me quiere mucho. Un día llegó mi madre y me dijo que tenía que conocer a Fatú y yo me puse en camino hasta llegar a su pueblo. A ella también le habían hablado de mí, que era bueno y trabajador. Cuando la vi me gustó, y por sus risitas supe que también yo le gustaba. Mi tía no me pidió alguna dote porque sabía que no tenía dinero pero yo le di todo lo que tenía ahorrado, muy poco, sesenta mil sefas. Su padre también me quiere mucho, como a un hijo.

Al decirle que yo no tengo mujer ha querido saber por qué no me casé con Olguita. Bueno, le digo, es que ella se enamoró de Vítor, y estuvimos muy poco tiempo juntos, ella tenía su familia en Panamá y cuando terminamos el curso volvió a casa. ¿Tampoco se casó con Vítor? Tampoco. ¿Cómo era Olguita? Era muy alegre y bailaba muy bien, como bailan por Centroamérica. ¿Cómo te gustan las mujeres? Bueno, primero me fijo en sus ojos, y si me atraen, pues ya sabes, miro su cuerpo, sus pechos... Yo también miro sus ojos y luego sus caderas, su cintura y sus nalgas, me gusta que tengan la cintura pequeña y el culo redondo.

Dejo constancia de esta conversación en mi agenda ahora que Pathé ha salido para visitar a un amigo, y pienso en algunas mujeres con que nos hemos cruzado por algún poblado y en la naturalidad de sus cuerpos al llevar los pechos descubiertos.

Ziguinchor es la última parada antes de entrar en Guinea. Es la puerta que abre la consciencia de que el tiempo pasa. Cuando se es joven esta consciencia no se siente. ¿Que cómo era Olguita? Y yo qué sé cómo era. Era tremendamente joven. Le he dado la única respuesta que se me ocurrió para no mentirle: era alegre. Aunque también podía haberle dicho que era una hembra entre dos machos jóvenes. (Escribo Pathos en mi agenda).

Mañana, a las ocho, Ada vendrá a recogernos y en poco más de media hora pasaremos la frontera. No me parece real ahora que estoy tan cerca.

5

Llevo guardado en el hipocampo el mapa de Guinea Bissau. Son algunas líneas con sus ríos, algunos puntos con sus islas y al Este las dos colinas de Boé, el lugar más alto del país donde llega a alcanzar los doscientos metros; allí nace el río Corubal.

"...no quise buscar un continente / ni siquiera un país extenso o avanzado / Precisaba de un lugar recién parido / por quien engendra y es hijo al mismo tiempo / Salir de mis propias cenizas del napalm / para sentarme en el banco / junto a ti / en la escuela de una patria liberada / Comenzar mi educación / sin titubeos / vocalizando la palabra a-rroz / tra-ba-jo y tie-rra / Cuando la práctica me haya instruido / y engrose mi sudor / las aguas del río Corubal / arando con mis manos / las rocas de granito / subiré a entonar con mis hermanos / desde las colinas de Boé: / Esta es nuestra patria amada".

Atrás va quedando la Casamance sin que se cumpliera la más pequeña de las amenazas sugeridas por las noticias escritas.

En sólo treinta y seis horas los mangos han madurado e inundan el suelo a los lados de la carretera, y en Mpack, población fronteriza, hay corrillos y grupos de gente que va y viene, unas oficinas de palma donde militares uniformados sellan los documentos, y una cadencia de sencilla alegría en el aire. A la sombra de un mango, donde miles de pájaros bulliciosos, de color fruto maduro, se pelean por picotear la pulpa, espero a que Pathé y Ada registren los papeles del coche. Yo he pasado enseguida, por delante de una fila de más de cuarenta mujeres, sin entender porqué me cedían el paso. La temperatura, a las 9:30 a. m., es de unos 30º y se percibe la humedad del ambiente; se está bien, como en un día de primavera.

6

Anoche dejé a Tomás en el hotel y fui a casa de Cherk. Necesitaba relajarme charlando con él. Este trabajo con los extranjeros me agota. Debo de estar siempre atento para que se encuentren cómodos; pero ahora lo que más me preocupa es la incertidumbre en la búsqueda de su amigo. Llevo anotados algunos lugares y calles donde preguntar; hago mis ruegos para que no haya problemas. Darame me aseguró que todo iba a resultar fácil, que Bissau es una ciudad pequeña y que como mucho en un par de días lo habremos encontrado.

No fue posible hablar con Cherk. Cuando llegué a la puerta de su casa no se veía luz adentro, no había ninguna rendija iluminada. Hace más de un año que no vengo a Ziguinchor y le debo algún dinero de mi última estancia. No quiero que piense que he pasado por aquí sin saludarlo. A la vuelta le haré una visita.

Llamé a Fatú para prevenirla de que cuando entremos en Guinea quizá no pueda comunicarme con el móvil.

Al volver a la habitación del hotel Tomás aún permanecía despierto y resultaba extravagante verlo acostado en aquella cama para niños. Había desconectado el aire refrescante y yo venía sudando. Me di otra ducha.

7

En el desayuno Tomás pidió bissap, parece que le ha gustado. No estaba en el jardín la pareja de la cena, pero sí vi a un antiguo ministro de Senegal, un hombre al que tuvieron que echar por corrupto y que seguramente vive de lo que robó al pueblo. Al pasar al lado de nuestra mesa saludó con cortesía. Vestía con elegancia y le atendían con esmero. Le dije a Tomás que ese hombre había sido ministro, pero no le conté más cosas. No quería perturbar sus pensamientos.

8

Hoy me encuentro más tranquilo porque Ada se incorpora al grupo como un compañero que comparte y no sólo que acompaña.

Tengo plena confianza en la fuerza milagrera del amuleto de Pathé, porque confío en él y él siente la esperanza de su creencia, sobre todo tras haberlo tropezado por segunda vez. Nos felicitábamos en la frontera, antes de subir al coche, por lo bien que habíamos entrado en Guinea, sin ningún contratiempo, cuando al poner mi mano izquierda en su brazo derecho he recibido una descarga. Pensándolo aquí, en el asiento trasero, sé que no fue una descarga que partiera de los objetos que lleva atados a su brazo, más bien parecía que saliera de mí, de mi interior al sentir esa dureza extraña que no esperaba. De pronto sentí inquietud pero se fue pasando y ahora vuelvo a estar tranquilo.

El dije de Pathé es un cordón negro al que van insertadas dos pequeñas bolsas de piel, planas, una cuadrada y otra en forma de rombo, ambas cosidas por puntadas bien delineadas y que guardan algo en su interior. A simple vista no sugiere sino un adorno. Al tacto son duras como piedras. ¿Quién puede sustraerse a la curiosidad por las cosas santas? ¿al misterio que guardan para cada pueblo?

A este lado del río, ya en Guinea, los perros son los dueños de la carretera, perros rubios de media alzada, y pequeños chanchos hozan alrededor de los poblados; los que ocupan el aire son buitres. Sé que mi subconsciente busca entre los árboles los calveros producidos por el napalm, aunque la razón me dice que con este clima ya ha habido tiempo para la regeneración. ¿Y los monos? ¿Habrán vuelto los macacos que huían aterrados ante los pavorosos incendios? ¿ante el ensordecedor ruido de los aviones portugueses? Quién se atreve a negar que un pequeño país pueda, en determinadas circunstancias históricas, aparentar un semidiós.

Vítor había estudiado en Lisboa y en algún momento hablamos sobre las creencias de su pueblo. Yo soy marxista, dijo, y como Cabral pienso que un día nuestros hijos dirán: "Nuestros padres lucharon bastante, pero creían en cosas extrañas". Siempre me acompañó la duda de esa respuesta tan tajante. De esa pretendida respuesta por parte de Vítor.

A estas alturas del viaje me encuentro en ese punto en que cierta confianza adquirida no me permite retener los pensamientos. Pero el silencio también forma parte de las conversaciones. Pathé calla. Ada en cambio, con sonrisa burlona, asegura que en esta parte de África el ochenta por ciento son musulmanes, el diez por ciento católicos y el cien por cien animistas. Cuántas veces -me pregunto- habrá dado esta respuesta a los turistas -sin duda tan simples como yo- y habrá esperado una sonrisa complaciente. Tal vez no tenga acostumbrados aún mis ojos, pero lo único que he encontrado hasta ahora en el camino, como lugar de reunión, ha sido un night club de carretera. Ada se incorpora por momentos, ora en francés, ora en castellano y quiere saber, porque me oyó decirlo en la frontera, qué significa obrigado. Luego lo repite un par de veces para retener su sonido. O-bri-ga-do. O-bri-ga-do.

Esas salidas de tono de Vítor en el fondo me hacían gracia; su rigidez en mostrar una idea a la que parecía no haber accedido por propio convencimiento, le presentaban como el producto de la gripe portuguesa, que al igual que la española, nos hacía llegar con retraso a todos los acontecimientos de importancia. Llegamos tarde a la isla de Wight y al Mayo francés. Pero Paulo, Damião, Leonardo, Rui y él mismo tenían ante sí la gran tarea de participar en la reconstrucción de sus pueblos. Por eso los envidiaba.

La escuela Stefan Gheorghiu se me antojaba como una especie de proletaria isla de Wight en medio de Montparnasse, o algo más exótico donde los mexicanos proveían las fiestas de tequila, que sacaban de bodegas ocultas y escondrijos inagotables, y los árabes nos hacían danzar dando vueltas y vueltas en torno a nuestro propio corro; los días eran de estudio, de debate, de coloquios y brainstorming, y las noches, como el tequila, inextinguibles, hasta que sin saber cómo, podía amanecer en tu cama aquella dama distante que organizaba los cursos y vestía de gris y blanco. Una tarde Vítor y yo dimos plantón a Olguita. Habíamos entablado conversación con dos muchachas malgaches; dos bellezas pequeñas y delicadas, de pelo largo y azabachado, que se sentaban solas en una mesa del comedor, a cuyo alrededor, como era habitual, solían rondar nuestros amigos mexicanos sin llegar a dar el paso de definitivo acercamiento. Parecía que las envolviera un misterio; las envolvía un rumor, pero el misterio no era tal, consistía en que ambas cursaban en la universidad de Bucarest su segunda carrera y hablaban siete idiomas. Al día siguiente Olguita se pasó al menos una hora sin dirigirnos la palabra.

La palabra. Eran los tiempos en que Paulo Freire intentaba sembrar la alfabetización en cascada.

(Anoto en mi agenda, con la sensación -otra vez- de llegar tarde, o de haber salido fuera del mundo en que me refugio, que debo intentar un acercamiento en esto de la palabra. Dicho de otro modo: zapatizarme en una especie de "portwolfañol").

9

El primer pueblo que atravesamos, con precaución, tiene por nombre Jegue, y entre éste y S. Domingos Ada conduce despacio. Hay mucha gente en la carretera, indicio de algún mercado y señal clara de que en todas las fronteras, por humildes que puedan parecer, se puede comerciar con algo. El termómetro exterior del coche ha subido a los 36º. En mi mapa interior recuerdo que pronto llegaremos a un nuevo gran río: el Cacheu.

Como en el cuento de Pulgarcito en vez de marcar el camino con miguitas de pan voy anotando los nombres de los poblados por los que pasamos. Resulta que el río Cacheu es ría en su desembocadura, y como me aseguran Ada y Pathé, después de haberse informado preguntando a los nativos, se llama "Samse".

10

Hay un nerviosismo plano en mi tranquilidad. Una premonición.