Tres noches en Bissau

1

Ayer encontramos al hombre que veníamos a buscar. Está vivo como yo le había asegurado a Tomás y lo hemos encontrado más pronto de lo que yo pensaba. Para mí era muy importante porque es la primera vez que guío a un extranjero fuera de Senegal y estaba muy preocupado.

Fuimos a su casa dos veces. Las dos veces fue todo muy rápido.

Ahora estoy preocupado porque ese hombre está enfermo. Tiene retorcidos los dedos de la mano izquierda, y las piernas y las caderas, aunque no se le ven, hacen pensar por su forma de andar que también están enfermas. Tomás no le ha dado mucha importancia, dice que es una enfermedad llamada artritis y que aunque puede ser muy dolorosa cuando se produce un brote, no es fácil morir de esa enfermedad. Además asegura que a partir de una edad todas las personas tienen dolores. Yo creo que Tomás no sabe lo que son algunas enfermedades en África. A él le ha importado más la falta de memoria de su amigo, se puede decir que casi le ha ofendido, yo al principio no lo entendía pero a lo mejor tiene razón, porque no se puede tener una conversación con él, y eso debe de ser un problema grande para su propia familia. Hay momentos en que parece que estuviera distraído o inconsciente. Sí, a lo mejor tiene razón. Debe de ser muy malo perder la cabeza. Lo que no entiendo es cómo puede seguir trabajando en el ministerio, aunque puede ser que no trabaje ya y él siga pensando que lo hace.

Su mujer me parece una señora, pero en la segunda visita la he visto triste. Cuando fuimos a la casa de su partido vi que habla muy bien por el micrófono. Estoy seguro de que esta noche, cuando vayamos a cenar, ella habrá pensado que Tomás viene desde muy lejos para ver a su amigo y le atenderá muy bien, como Fatú atendería a un amigo que viniera a visitarme a mí, aunque nosotros no tenemos más que una habitación de alquiler y no podríamos alojarle.

En estos tres días de viaje hemos pasado buenos momentos. Tomás escribe notas en un librito y a veces me lee algunas cosas. Por eso sé que se ha llevado un gran disgusto porque su amigo no lo ha reconocido. Yo trato de consolarle, pero a veces no llego a entenderle del todo, como cuando dijo que es el único amigo que le quedaba y que por el último amigo no le importaba recorrer hasta el lugar más lejano del planeta. Entonces le pregunté que si no tiene amigos en su país y que cómo puede vivir sin amigos, él dice que se siente bien escuchando música y leyendo libros y que espera que cuando escriba el mío que se lo mande, pero entonces yo he sentido que mi libro sobre los turistas no es importante como lo es el de Aliu que habla de las cosas de los políticos. Otras veces me sorprende su imaginación, como cuando adivinó que en el hotel había vivido una mujer portuguesa y que había tenido una historia de amor que terminó muy mal o cuando me preguntó en el ferry por qué le había tendido una trampa con la chica del bar en Dakar, y estoy preocupado porque también tenga razón con la cena de esta noche. Pero me pregunto por qué los invitó si ya sabe que no se acuerda de él. Me parece que es un poco cabezota. Aunque en el fondo no me parece mal que lo haya hecho. Yo le he dicho a Ada que quiero hablar con la mujer del amigo de Tomás para que sepa que viene de muy lejos y que quiere mucho a su marido.

Lo que dijo esta mañana de que habíamos destapado la caja de los truenos nos ha gustado mucho a Ada y a mí, porque fue como oír hablar a un griot o a un brujo, aunque hemos discutido si son truenos o relámpagos, y creo que quería decir que Aliu se había calentado mucho y nos iba a contar las cosas malas que ocurren aquí, como eso del general balanta que tiene veinte esposas y que cada vez que se queda sin dinero va al banco nacional con una metralleta y exige que le llenen de billetes unos sacos de arroz, y que nadie dice nada porque tienen miedo a que este general apoye otro golpe de estado. Pero Tomás quita importancia a estas maldades diciendo que eso ocurre en todo el mundo, como en España, dice, que un director de la guardia civil también robó muchos millones de pesetas cuando todavía no usaban el euro. Entonces yo le he recordado al ministro elegante y educado que vimos en el hotel de Ziguinchor, cuando desayunábamos, y que él también había robado lo suyo y le echaron por corrupto. En todos los sitios cuecen lentejas, dijo.

La tumba de Amílcar Cabral me ha parecido como un huevo grande enterrado hasta la mitad, es bonita pero no me gusta que la hayan construido en medio de la fortaleza colonial como si su espíritu estuviera preso y vigilado.

Nunca antes había visto una estatua tan grande tumbada en el suelo. Tomás dice que es de las grandes estatuas de estilo soviético y Aliu nos ha contado que se la regaló a Guinea el pueblo cubano, que también envió soldados a luchar por la liberación y que algunos murieron en la lucha. Cuando nos sentamos en la plaza del Che Guevara para tomar café, junto al casino y cerca del puerto, en las mesas no había nada más que blanquitos y alguna mulata porque la gente de aquí no puede pagar lo que cuesta. El bar es de un portugués y también el restaurante donde cenamos anoche, como en Senegal, dije yo, que los bares y los restaurantes son de los franceses.

2

Yo no venía en busca de Rafael Barbosa, desconocido para mí hasta que Aliu nos habló de él, sino de Vítor Sousa; pero África quiso mostrarme a un hombre prudente -se me está pegando el estilo de Pathé, aunque él seguramente lo habría calificado de sabio- y esconderme aquello a lo que había dado alto valor porque creía que me pertenecía. La cuestión es cómo desprenderte, de pronto, de esa historia soñada durante un cuarto de siglo.

Atravesamos callejas salpicadas por charcos de aguas oscuras, profundamente negras, hasta llegar a una pequeña explanada donde juegan los niños. Ahí está su casa, dice Aliu señalando un mínimo mamelón en el que se dibuja una casita con porche de paja. Rafael Barbosa nos espera.

Un hombre viejo, enjuto, observa con mirada de ave rapaz a los niños en sus juegos y las primeras palabras que cruzamos son en torno a ellos. Aliu entra en la casa y saca dos sillas para que nos acomodemos Pathé y yo -una de ellas es un silloncito giratorio al que le falta una rueda-. Al cabo de media hora de charla sobre la guerrilla, la patrulla, el bi-grupo y las tácticas militares empleadas en su guerra de liberación, algo flota en el aire que indica que es un tema muerto, que es historia pasada, que sus ojos no brillan hablando de ello, que sería bueno volver al inicio: el futuro. Pero no sé por qué derroteros se me ha vuelto a presentar la vieja idea de llegar tarde. Entonces le pregunto:

-Dígame maestro ¿no tiene la sensación de haber llegado tarde después de tanto luchar? ¿No habría sido más interesante para su pueblo que fuera usted ahora joven?

Como el hombre que pasa muchas horas observando y que a buen seguro ha cavilado esa y otras cuestiones, responde sin titubeos y con una sonrisa que descubre su dentadura gastada.

-Si yo fuera ahora joven no pensaría como pienso. En parte me alimento de los pensamientos del pasado, que a su vez se alimentaron de lo que iba viviendo; parece un juego de palabras, pero es que eso que usted pregunta... o propone, merece una respuesta más profunda de la que un hombre solo puede pensar, -sonríe de nuevo-, bueno, me arriesgo, se trata de aceptar el camino entre lo nuevo y lo viejo. Yo creo que nunca se llega tarde si se vive lo que nos toca vivir intentando transformarlo.

-¿Es usted marxista?

-No lo sé. Creo que su teoría es la que más se ajusta a nuestras necesidades de futuro, pero soy centroafricano. ¿Sabe que Amílcar Cabral era poeta?

-Sí, como muchos revolucionarios.

-Pues él nos dejó escrito: "Si el hombre, cada día que vive, comprende más a fondo los problemas palpitantes, esto es ya un indicio de progreso".

Hay un proverbio wolof que dice: "El remedio del hombre es el hombre", lo leí antes de iniciar el viaje en el viejo libro de Poesía anónima africana.

3

Aliu nos ha llevado a su casa para que conociéramos a su mamá y a su mujer. Vive al final de la avenida de los Militares, en un barrio de afuera, donde no hay calles y la gente cultiva sus pequeños huertos alrededor de las casas. Hemos estado muy poco tiempo porque teníamos que ir a visitar a un anciano al que Aliu tiene mucho cariño, a lo mejor porque no tiene padre, pero mañana volveremos porque nos han invitado a comer.

Me habría gustado que el móvil tuviera cobertura para llamar a Fatú.

Tomás y el anciano han hablado mucho aunque yo no he entendido algunas cosas de las que este señor decía porque hablaba deprisa en portugués, pero Tomás estaba a gusto, se le notaba porque le llamó maestro varias veces. Aliu le dijo que Tomás había venido a buscar a un antiguo amigo y él sonrió. Y es que a mí me parece una historia muy bonita, que lo sería más aún si el hombre al que ha venido a buscar fuera este anciano que conserva muy bien la cabeza. Cuando nos hemos marchado, los dos estaban muy contentos y les brillaban los ojos.

Yo no sabía que Amílcar Cabral también había escrito una novela cuando era joven. A lo mejor tiene razón Tomás cuando me dice que escribir un libro sobre los turistas puede ser más bonito que escribirlo sobre los políticos, porque piensa que cada persona es un mundo que se puede reflejar en un libro con infinidad de matices, y el mundo de los políticos da vueltas siempre alrededor de lo mismo. Esto me da ánimos para seguir con mi idea.

Después de hablar con el anciano, que fue una persona muy importante en la guerra contra los portugueses, volvimos al hotel para descansar y tomar una ducha. La ducha está dentro del retrete que tiene estropeadas las cañerías y el olor es muy desagradable; es común para todos, por lo que tenemos que esperar el turno. Tomás no se ha quejado. No ha hecho ningún comentario sobre las condiciones del hotel. Parece un hombre que se adapta a todo. Mientras se duchaba Ada, él ha salido un rato al patio delantero y luego se ha sentado en el porche a escribir en su librito negro. Me ha leído lo que acaba de escribir:

"Yo sé mucho de lagartijas porque he jugado con ellas de niño, así, cada vez que vuelvo al hotel Zulú busco a los lagartos y a las lagartijas en su territorio hasta que termino encontrándolos. Hay uno que ocupa desde la palmera de cocos, en la entrada principal hoy clausurada con candados, hasta las dos plataneras en flor. Otro se recorre las bardas que dan a la puerta trasera en uso, y llega habitualmente hasta la palmera de chebeu.

Hoy le he visto cazar. Una vez divisada su presa entre las hojas del seto y las hierbas, impulsado por sus poderosas patas, ha dado un salto de tres veces su tamaño y con la misma rapidez ha vuelto al lugar de origen para degustar el insecto.

Vuelve a mí el recuerdo juvenil del parque Güell porque el lagarto se ha subido a lomos de un gran tiesto para mirar desde allí cómo fumo la pipa".

No está mal, se ve que entiende de lagartos. No sé si me habrá leído esto para hacerme ver que si se puede escribir sobre estos animalitos también se puede escribir de los turistas, que muchos de ellos, sobre todo las mujeres, se pasan las horas tomando el sol en las playas de Saly. Yo tengo un libro, que me regaló mi amiga de los pájaros, que trata de un inglés que fue a Madagascar en busca de lémures y ayeayes.

Ada ya sabe lo que va a hacer esta noche, después de la cena. Piensa ir a un baile que está muy cerca del hotel Zulú y me ha dicho que vaya con él. Ada no está casado y está bien que se divierta. Yo estoy acostumbrado a llevar a los bailes a muchos turistas, pero suelo aburrirme y a veces, cuando se emborrachan, paso malos ratos. Si me decido a ir, le he dicho a Ada que invitaré a Tomás y le ha parecido bien.

4

Una vez elegido el restaurante en que vamos a cenar, Ada y Aliu se han encargado de todo. Nos han dejado a Pathé y a mí sentados a una mesa y se han puesto en camino. Nada que discutir: uno conoce bien la ciudad, otro conduce, y no podíamos subir cuatro personas en el asiento trasero sin riesgo de molestar a Manuela o dañar a Vítor. En la elección hemos tenido en cuenta algunos pormenores que íbamos aportando según se nos ocurrían, tales como que no fuera ni el mejor ni el peor de la ciudad; que estuviera cerca del domicilio de los invitados, y esto sí fue sugerido por mí, que tuviera mesas al aire libre. Estos deseos nos han llevado a un establecimiento en la zona colonial que cumple los requisitos, aunque la estrechez y la leve inclinación de la calle donde tiende sus mesas lo hace un poco incómodo.

Al principio nos hemos quedado los dos en silencio. Cosa rara que no tengamos ganas de hablar. Él bebe su limonada y mira a uno y otro lado observando las casas de este barrio con sus ventanas y el empedrado de la calle. Por mi parte también estoy plano, sin algún sentimiento que aflore, con las pulsaciones bajas. Tal vez las visitas del día y el calor nos hayan cansado un poco, y aunque la ducha y el pequeño descanso de la tarde fueron reconfortantes, a estas horas el cuerpo ya lo echó al olvido y necesita reponerse. Por fin rompe en un susurro, como si me fuera a hacer una confidencia, para decirme que hoy piensa hablar con Manuela, que yo tengo que comprender, que debe hacerle ver la importancia de este viaje, que lo ha hablado con Ada y con Aliu y que ellos se han mostrado de acuerdo, bueno Ada ha asentido con un movimiento de cabeza. Primero me limito a escucharle sin entender muy bien lo que trata de decirme, luego, cuando creo saberlo, le contesto que el objeto del viaje es cosa mía, personal e íntima, pero que no veo porqué no puede hablar con Manuela todo cuanto le apetezca. Volvemos al silencio. Me doy cuenta de la tontería que acabo de decir: cosa mía, personal e íntima como si a estas alturas no fuera sabido por la mitad de los habitantes de África. Intento comprenderlo. Me pregunto si la acostumbrada soledad en la que vivo no me habrá hecho perder los papeles en la primera ocasión que se ha presentado. Si no habré comunicado a Pathé, con mi cháchara de viejo nostálgico, los sentimientos más íntimos hasta hacerle partícipe de ellos; o si él, simplemente, ha pensado en el grande ridículo que puedo hacer y quiere evitar el dolor de mi orgullo. ¿Acaso sería menos el dolor si nadie, ni siquiera él, hubiera conocido el objeto del viaje? Si lo hubiera ocultado tras el silencio, si una vez encontrada la casa, yo, el amigo, les hubiera pedido que esperaran fuera, no sería el orgullo el que sufriera daño, mas lo sería, sin duda, el sentimiento y seguramente el abandono en la más absoluta soledad. Pero no veo qué culpa puede tener Manuela en esta historia, cuando con seguridad Vítor nunca le habló de mí. Y desde luego no entiendo que él quiera convertir este asunto en una desorbitada cuestión de estado, casi de interés continental al implicar a todos. Aunque en el fondo, no dejo de vislumbrar una semejanza entre esa loca idea suya y el haber convertido las relaciones de un mes en una desproporcionada amistad de veintiséis años.

Algo viene a turbar nuestras reflexiones. Dos vehículos que ruedan en silencio desde lo alto de la calle llegan hasta nosotros y un revoloteo de tropa sin uniforme desciende de ellos y se introduce en el restaurante sembrando miradas por todas partes. Los móviles se activan y más tarde aparece un coche oficial. Creo que en estos momentos ni a Pathé ni a mí nos interesa quiénes pueden apearse de él, sólo nos preocupa la incomodidad de tener personas importantes tan cerca de nosotros. Por suerte tienen reservada una sala en el interior.

Vítor ha venido solo. Quiero decir que lo han traído y no le acompaña su mujer. Enseguida se percata del movimiento de agentes y comenta que se trata del Ministro de Exteriores y el Embajador de Cabo Verde. La cara de Pathé indica sorpresa, no sé si por la rapidez con que Vítor ha captado la situación que nos rodea o por la respuesta de Manuela a la invitación, cuando a todas luces fue ella quien animó a su marido a que aceptara. En fin, Pathé no podrá sacudir la conciencia colectiva de África en esta cena.

Hemos cedido a Vítor la cabecera de la mesa y ha comenzado entre nosotros una conversación triste, en la que su estado de enfermo, al que ahora agrega la diabetes, es una introducción decadente. Pregunta si en Europa se conoce alguna medicina para su artritis, y yo le digo que no entiendo, pero que creo que es una de las enfermedades clasificadas entre las más de trescientas de origen reumático, para las que no han encontrado todavía un remedio seguro. Según hablo puedo observar que Vítor hubiera preferido encontrarse sentado al otro lado de la mesa, desde donde podría seguir, sin molestias para su cuello, las evoluciones de los que entran y salen del restaurante. Aliu se muestra como un conversador impecable; sutil, simpático y capaz con su palabra de hacer que yo me desentienda de todo. Bebo del vino francés que Vítor ha pedido para acompañar su dieta y lo encuentro soso, sin cuerpo, desprovisto de aroma, como si todo lo prometido en la etiqueta se hubiera perdido en el camino.

A los pocos minutos me siento sordo a lo que se habla y dedicado a pensar en la vuelta. No por ello dejo de apreciar que uno de los chóferes se ha acercado a Vítor y le ha tocado el hombro con gesto de afectado cariño, como se saluda al hijo de una vecina con quien se pretende ser amable. También escucho su voz de ahora, más lenta pero su voz, que explica con complacencia los seis años que estuvo destinado en la embajada de Dakar, y me ha parecido entender que entre sus viajes oficiales se cuenta uno a España para rendir homenaje a Pasionaria en su entierro. Una ola de pena me invade lentamente y agradezco estar sentado al aire libre.

5

Tomás no quiere acompañarnos al baile. Dice, sonriendo, que no podría competir con nosotros ante las muchachas porque yo le saco una cabeza de estatura y Ada dos, y que la cifra de sus años es mayor que la suma de los nuestros.

6

La música de la discoteca entra a raudales por la ventana de mi habitación. Me consuela. Es como los cantos de antaño después de las lágrimas por la pérdida del amigo que se ha estrellado en un accidente de la vida. Imagino danzando a Ada y Pathé para alejar su tristeza de la tarde. La botella de güisqui está aún entera. Tal vez un trago me haga bien.

Con toda seguridad mis anotaciones en la agenda deberían terminar aquí, pues una leve apatía se me ha instalado dentro, si no fuera por la invitación de la mujer de Aliu que nos ha prometido cocinar el plato típico del país: Caldo de chebeu, que se prepara, según traducción de su marido, con arroz, mandioca, yacatú, repollo, cubi, cebolla, pimiento y pimiento picante, más el aceite de chebeu y algún trozo de carne. No puedo resistirme a esta tentación después de varios días con dieta de pescado.

"...Sabana verde toda fresca / sabana verde con verdad expuesta / sabana verde / el perro no se apoderó de mí..."

7

Hoy es sábado y me he levantado de madrugada para decir mi oración, moviéndome con cuidado para no despertar a Ada, que llegó muy tarde porque quiso acompañar a una muchacha desde el baile hasta su casa. Ahora estoy a la espera de oír algún ruido en la habitación de Tomás, quiero proponerle que demos un paseo. También tengo hambre pero debo esperar a que ellos despierten para desayunar juntos. Aliu dijo que vendría con nosotros después de pasar por su oficina en el mercado, podía ser una buena idea ir a buscarlo y que Ada nos recoja luego.

8

Me hace gracia ver el rostro sudoroso de Pathé cuando tan sólo hemos caminado unos doscientos metros. Es verdad que el sol calienta de lo lindo y yo resguardo la piel reseca de mi cara bajo el gorro de tela.

A no mucha distancia, y cruzando la carretera a la altura del hotel Bissau, puedo ver cuatro figuras pequeñas que se recogen en sí mismas con pasitos cortos. Según nos acercamos le digo:

-Son japonesas.

-¿Cómo puedes saberlo?

Esta mañana me encuentro de buen humor.

-Es fácil; por su color, por la forma de andar y sobre todo por la insignia de sus mochilas. Serán de alguna oenegé.

También he divisado un ficus gigantesco a cuya sombra me propongo parar un rato para que mi compañero se alivie del calor. Una de las japonesas, redondita y con gafas, me ha saludado con una sonrisa, tal vez tan extrañada como yo de encontrarnos por aquí.

Bajo la sombra del ficus, donde se guarecen y abanican algunas mujeres, me hago con un par de periódicos: Diário Bissau y Gazeta de Notícias, mientras Pathé compra a un vendedor ambulante de frutos secos unas semillas de cola y piti-cola (petite-cola), que me invita a mascar al tiempo que me recuerda que éste es el origen de la propina, aquel fruto del que me habló en la embajada de Dakar, y del que también se cuenta que es bueno para atender a cuatro esposas. No sé por qué estremecimiento del cuerpo, al saborear la semilla me viene el recuerdo de que las tres mujeres que me han sonreído últimamente lo han hecho mostrándome su lado maternal, algo debe de haber en mi cara que atrae a las misioneras. Pathé ha debido de sentir un trastejo similar pues de inmediato deriva la conversación hacia Fatú, que se dedica a trenzar el pelo de las señoras, dice. Que es peluquera, digo yo. Eso, es peluquera de señoras.

Los dos periódicos recogen la noticia de que Nino Vieira quiere volver al país. Uno bajo este titular: "Quem não tem medo de Nino Vieira?" y el otro: "Nino é antes de tudo um problema político", pero también ambos hacen referencia a otro asunto aunque con distintos enfoques: "O Secretário-Geral das Nações Unidas, Kofi Annan, atribuiu a fragilidade de processo democrático na Guiné-Bissau à descida das receitas públicas abaixo das previsões e ao não pagamento dos salarios da função pública", dice la Gazeta, mientras el Diário informa: "Novo salário gera polémica nas Forças Armadas. Impasse no pagamento de salarios aos militares".

9

No sabía cómo hacer sabedor a Pathé de mi estado de ánimo, pero se lo debía; por eso urdí el enredo de palabras cuando divisé a las japonesitas, en la seguridad de que él entendería la broma -que no es tal sino una forma de decir que le he copiado-. Mas no ha sido hasta la lectura de los diarios cuando he comprendido el porqué de mi talante de hoy.

Son dos noticias que por separado se me antojan meras anécdotas: un ex presidente que anuncia su regreso y unos funcionarios que ven cómo se retrasa el cobro de sus salarios, pero que al encadenarlas y enredar con ellas, después de leer el texto de los artículos en los dos periódicos, toman un cariz perverso: temido ex presidente, experto en golpes de estado, anuncia su regreso en un momento en que crece el malestar entre los militares. Y cuando he interpretado este mensaje no he sentido nada, nada que vaya más allá de un menguado lamento universal que se pasa con la lectura de un libro ameno, y que nos suele cobijar en la comodidad de que no somos más que un grano de arena en este mundo y nada podemos hacer.

¿Acaso llegaré a encariñarme tanto de Aliu y su familia como para preocuparme por ellos desde casa?

10

Bajo un emparrado de maracujá, cerca del pozo en que una niña de incipientes pechos extrae agua fresca al ritmo en que un lagarto hace atléticas flexiones con sus poderosas patas, Aliu ennoblece los momentos previos a la comida con su enriquecedora charla sobre las próximas lluvias, el desbordamiento de los ríos, la inundación de las tierras para la siembra del arroz. También las lluvias regarán los caballones plantados con estacas de mandioca al lado de su casa. Ya deben de estar al llegar -en el sentido metafórico de que las estaciones caminan.

Bajo el emparrado ha colocado una pequeña mesa que cojea y solícito ha buscado cuatro sillas entre las posesiones de la vecindad para que nos sintamos cómodos. Las flores de granadilla son tan grandes que no abarcaría su perímetro con un círculo que formara entre los dedos corazón y anular de mis manos. Pronto hundimos las cuatro cucharas en el guiso y una suerte de sabores y sensaciones me inundan el paladar.

11

La última noche en Bissau me he acostado tarde porque he permanecido mucho tiempo en la puerta trasera del hotel, a oscuras, sintiendo cómo pasaban las sombras.